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San Miguel Los Lotes, un cementerio de lava y ceniza
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San Miguel Los Lotes, un cementerio de lava y ceniza

"Ellos pensaron que lo que venía era ceniza, no lava, seguro que Conred pensó lo mismo, porque no les avisaron..."
En total, 46 familiares dice el joven que perdió. “No tengo a dónde ir”
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Con los trabajos de rescate suspendidos, San Miguel Los Lotes se convierte en un cementerio. Decenas de cuerpos siguen sepultados bajo la lava y la ceniza. Algunos vecinos regresan para ver si han encontrado los restos de un familiar o salvar lo poco que les queda. Temen que las autoridades declaren el terreno como camposanto y se deje de buscar los restos.

Lo último que uno espera encontrar en la zona más devastada por un volcán es un muchacho con una guitarra. Pero ahí está Bryan Rivera, de 22 años, en medio de San Miguel Los Lotes, cargándola de un lado a otro. Apoyándose en ella. Sin soltarla ni un minuto. El instrumento es lo único que ha podido salvar de lo que antes era su casa. La vivienda ahora solo levanta un palmo del suelo. Es el techo. Y podemos pisarlo. El resto: las paredes, las habitaciones, los sofás o la televisión, quedaron  sepultados por la lava. Solo existen en otro mundo, el subterráneo, donde no hay espacio entre los cuerpos y los objetos. Ahí dentro, bajo tierra, bajo nuestros pies, se encuentran 13 miembros de la familia del joven Rivera. Entre ellos, su hermana Glendy, de 12 años, la música, la que tocaba la guitarra en la escuela de la fundación Adentro, que se ubicaba cerca de lo que antes era un campo de golf. Junto a la niña se quedaron otras tres hermanas. Y sus padres. Y seis primos. Y su tía.

Solo se llevará una guitarra y es un milagro que la haya encontrado.

La “zona cero” en las faldas del Volcán de Fuego es un cementerio de lava y ceniza. Esto es un hecho, no hace falta que nadie lo declare, porque hay decenas de cuerpos enterrados, y solo falta la certificación oficial. La suspensión de los trabajos de búsqueda, interrumpidos desde el miércoles, incrementan la sospecha de que el destino de lo que antes fue una comunidad de unos dos mil habitantes (según vecinos) termine convertida en camposanto. Eso implicaría dejar de buscar y que los cuerpos se queden ahí, en el mismo lugar en el que les sorprendió la lava. Hasta que entren las máquinas.

La decisión debe adoptarla el Puesto de Comando, que es donde se reúnen las principales instituciones que coordinan las acciones para paliar el desastre. Hoy viernes está prevista una reunión en Escuintla. Según Julio Sánchez, vocero de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred), no hay todavía un plan definitivo. Incluso sugiere que podrían retomarse los trabajos de rescate, que en este caso es de cadáveres, porque no hay cuerpo humano que resista las condiciones de calor extremo, gases tóxicos y lava que han hecho desaparecer casi por completo una comunidad entera.

Tras la tragedia del Cambray, ocurrida en 2015 en Santa Catarina Pinula, las autoridades tardaron dos semanas en poner fin a los trabajos de búsqueda, aunque terminaron por declarar el lugar como necrópolis. Eso es lo que los afectados sospechan que puede ocurrir en Los Lotes.

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“La Conred se retiró, el Gobierno quiere dejar esto como un cementerio, solo les interesa la carretera”, dice José López, otro vecino de la aldea que acompaña a Rivera en su recorrido. Está enfadado porque se han suspendido las labores para extraer cuerpos pero, unos metros más abajo, operarios limpian la vía que unía el municipio de El Rodeo con Alotenango.

“Pienso en todo el sufrimiento que pasó esta gente. La forma tan horrible de morir, el calor, se me parte el corazón”. López también sabe lo que es la pérdida. El domingo quedaron sepultados su madre Vicenta, su hermana Heidi Florencia, su cuñado José Luis y dos hijas de estos. Solo un sobrino huyó. Dice que aún tiene la esperanza de que alguno aparezca, aunque sin demasiada convicción.

Ni Rivera ni López se encontraban en Los Lotes cuando rugió el volcán y todo se vino abajo. Los que estaban, al menos en esta zona, no tuvieron escapatoria. Podemos imaginar, porque nunca lo sabremos con exactitud, que se resguardaron en el interior de las viviendas esperando que los efectos de la erupción pasasen, como habían hecho en otras ocasiones. “Ellos pensaron que lo que venía era ceniza, no lava, seguro que Conred pensó lo mismo, porque no les avisaron de que se marchasen. Si lo hubiesen hecho, algo podría haberse evitado”, protesta. “¿Por qué no pasaron por lo menos gritando? Lo que hizo la gente cuando vio el humo fue encerrarse en casa, pensando que era ceniza. Les dijeron que se encerraron  y así lo hicieron”, se lamenta.

López dice estar preocupado por el futuro y rechaza regresar al lugar que habitó toda su vida. “Si volvemos, ocurrirá otra vez. El río de lava ya se ha hecho, así que pasará por aquí cada vez que haya erupciones”, dice. Hoy busca a sus familiares muertos pero mañana no sabe qué será de los vivos.

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Pasan unos minutos de las 13:00 horas y Rivera y López, permanecen parados en medio del desastre. Están separados por unos metros. Cada uno mira hacia un punto en el infinito. El tiempo se paró en Los Lotes el domingo y hay momentos en los que ellos también parecen paralizados. Imaginen que todo lo que conocían se encuentra bajo toneladas de lava, polvo y tierra caliente y ahora pueden caminar por encima, como si fuesen a varios metros sobre el suelo. Algunas casas, de concreto y chapa, sobresalen, como un barco hundido tras un naufragio. Los ríos incandescentes han dejado marcados surcos sobre la nueva superficie, la que levantó el volcán con su erupción.

Ya no hay voluntarios trabajando. Ya no se excava. Únicamente en una vivienda, la de Alejandro Esquequé, hay una cuadrilla sacando escombros. Son sus amigos, compañeros de trabajo, integrantes del mismo equipo de fútbol, explica Juan Carlos Illescas, de 40 años. “Somos como una familia”, dice, “hay que ayudar”.

Al contrario que en jornadas anteriores, únicamente un grupo de bomberos, con una camilla por si encontrasen algún resto, se desplaza de casa en casa. Según explica uno de ellos, su labor es realizar un mapeo, ver dónde está cada vivienda, si se ha trabajado en ella o no. Hace calor, aunque no tanto como en jornadas previas. La lava comienza a dar una tregua y ahora puede pisarse donde antes las suelas de los zapatos se deshacían. A pesar de ello, el ambiente es pesado y la sensación va más allá del polvo y el olor. Decía Oscar Wilde que “donde hay sufrimiento, hay un suelo sagrado”. Aquí ha habido mucho sufrimiento y bajo el suelo que pisamos están los cuerpos de decenas de personas.

Caminos alternativos para acceder a la “zona cero”

La suspensión de las labores de búsqueda ha reducido al mínimo la actividad tanto en la “zona cero” como en sus inmediaciones. En la carretera que llega desde El Rodeo, un cordón de la Policía Nacional Civil (PNC) impide el paso.

No ha llegado el mediodía y José López todavía no ha accedido a Los Lotes. Se encuentra parado ante la barrera policial, enfadado, levantando la voz. No entiende por qué no les dejan pasar, dice, si él conoce bien el terreno y puede señalar cada vivienda y cada callejón. Al final, desiste. Cuando son “órdenes de arriba” es difícil negociar.

“Esto es cosa de las autoridades. No son inteligentes. A ayudar vamos a ir, queremos ayudar, conocer, señalar para ver si ya escarbaron, como conocedores del terreno. Lamentablemente, las leyes en Guatemala no se hacen como se deben. Deberían ponerse en los zapatos de nosotros”, dice, ya retirado de la cinta roja que marca la línea divisoria.

Los agentes argumentan que deben coordinarse, que están ahí para impedir que puedan llegar ladrones y llevarse lo poco que quedó a las víctimas. “¡Por la noche no había nadie y cualquiera podía cruzar y llevarse algo!”, responde a gritos un hombre que quiere cruzar.

Ni la seguridad ni la necesidad de llevar un orden es argumento para muchos pobladores. Como se conocen el terreno como la palma de su mano, mucho mejor que los guardias, encuentran atajos a través del monte para acceder a su aldea. Es lo que hizo López, que ascendió por los cafetales que se encuentran en la ladera del volcán para encontrarse con su casa completamente sepultada. Aunque eso ya lo sabía, porque el lunes también estuvo aquí.

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Hay pocas razones para regresar al lugar del desastre pero todas son poderosas. La primera: comprobar si se ha excavado junto a su casa y ha podido recuperarse algún cuerpo. La segunda: ver en qué estado quedó la vivienda y si todavía puede recuperarse algo.

Es el caso de Juan Francisco González, de 52 años. Aparece entre los matorrales, detrás del cordón policial. Lleva una bolsa con ropa que dice que es de su mujer. Explica que él tuvo suerte, que su domicilio queda en el borde de la carretera pero no fue sepultada. “Estaba con mi esposa y mis hijas, en la casa. Cuando todo comenzó, nos encerramos. Se calmó y salimos y, gracias a Dios, estamos bien”, dice. Tiene prisa, pero antes de marcharse, casi a la carrera, lanza un nombre: Juan González Pozuelo. “Es mi padre, vivía en el callejón, un poco más arriba. Apúntelo, por si alguien lo ha visto”.

Regresamos a la “zona cero”, al paisaje lunar, a ese sitio inhóspito donde los agujeros en el suelo todavía expulsan humo.

Rodni Rocal García, de 37 años, se encuentra bajo un árbol, caminando, solo, con un machete y aire de perdido. Él no es de aquí, sino de Escuintla. El domingo perdió a su hija y está a punto de relatarnos una historia terrible. Otra más de las historias terribles que se escuchan en Los Lotes.

Su hija, Sandy Fabiola, tenía 18 años.

Su hija, Sandy Fabiola, se encontraba con su marido y toda la familia de este.

Su hija, Sandy Fabiola, estaba embarazada y tenían previsto que pudiese dar a luz esta misma semana.

“He venido a ver si van a meter máquinas, porque los bomberos ya no vinieron”, dice. Él trabaja en el campo y lleva tratando de acercarse aquí desde el mismo domingo, cuando la tierra ardía. Sabe que su hija está muerta, pero al menos quiere poder llevarse los restos. El duelo no se lleva igual cuando no hay un cadáver que enterrar. Rodni Rocal García tiene difícil que el entierro se lleve a cabo, al menos de cuerpo presente. Señala el lugar en el que se encontraba la casa de su familia política y es difícil adivinar que allí había una casa.

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En comunidades pequeñas como esta todo el mundo se conoce. La natalidad es alta y el concepto de familia, amplio. Por eso, cuando se pregunta a quienes vagan por Los Lotes sobre el alcance de su pérdida, la cifra suele ser escalofriante. Le ocurre a Estuardo Hernández, jovencísimo y bloqueado. “He perdido a toda mi familia. Lo he perdido todo”, dice. Va señalando lugares: ahí vivía su tío Mamerto, que está en el Roosevelt, hospitalizado. En otro lado, unas primas. En la distancia, a 20 metros, sobresale una casa azul. Esa era la suya. Ahí estaba su papá, Margarito, albañil de 41 años, cuando la nube se lo tragó. Hernández se salvó porque estaba en Alotenango, trabajando en domingo. En total, 46 familiares dice el joven que perdió. “No tengo a dónde ir”, lamenta, mientras sigue señalando lo que antes eran casas y recuerda a las personas que las habitaban.

Cuando se le pregunta si quiere acercarse para ver qué ocurrió con sus pertenencias, da un paso atrás. “Tengo miedo. No quiero que vuelva la lava”. Regresamos por donde habíamos venido mientras un vecino le reconoce. Están intentando sacar la televisión de plasma de su tío, el que está en el hospital, pero la policía no les deja. Necesitan verificar que realmente se tratan de familiares y que cuentan con el consentimiento.

San Miguel Los Lotes no es todavía un cementerio porque todavía hay quien escarba para encontrar los restos de sus seres queridos. No parece factible que esos trabajos se eternicen y habrá que ver cómo afecta eso al duelo de los que siguen vivos.

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