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Opinión
9 06 18

La tragedia del volcán de Fuego ha puesto de manifiesto la gran capacidad del pueblo de Guatemala para gestionar su propia ayuda. Ante la ineficiencia más que comprobada de las autoridades de turno, la gente ha brindado su apoyo en víveres y medicinas, entre muchísimas cosas más que ahora se necesitan.

Cuando se ve tanta solidaridad desplegada ante la catástrofe (con todo y quienes aprovechan para hacerse selfis con sus donativos para luego autopublicitarse en las redes), en medio del dolor y de la indignación también surge la esperanza.

Dolor porque se perdieron vidas humanas. Familias enteras soterradas o calcinadas. Dramas intensos que nos conmueven hasta lo más profundo. Personas que perdieron a sus seres queridos, sus pocos bienes, su salud, su hoy y su mañana.

Personas que han estado marginadas a lo largo de nuestra historia, como otros millones de guatemaltecos que, a causa de políticas de Estado excluyentes, discriminadoras y elitistas y de una oligarquía que ha hecho del país su gran finca, la cual saquea de manera inmisericorde, hoy la naturaleza nos las pone con su tragedia en primer plano para que recordemos que, como país, nos falta todo por construir.

Indignación porque esta tragedia pudo haberse evitado. Se escuchan las declaraciones de los funcionarios involucrados, sus opiniones contradictorias, sus actitudes irresponsables fingiendo ignorancia o demencia. Lo cierto es que, se sabe ahora, por vivir en una zona de alto riesgo, en una zona volcánica, las familias tienen un protocolo de autoevacuación cuando hay un peligro inminente. Lo que pasó aquí es que a ellos simplemente no les avisaron. No se activó a tiempo ese protocolo, que habría salvado las vidas de quienes habitan las faldas del volcán.

Indignación porque esa irresponsabilidad tiene nombre y apellido. No es solo la de los funcionarios ineptos e irresponsables, sino la del inepto e irresponsable que los nombró en esos cargos por amiguismo, tráfico de influencias o pago de favores, y no por capacidad. Como en la tragedia del hogar seguro.

Indignación porque la canciller, cuyo papel es más que vergonzoso y tragicómico en esta gestión, y el gobierno al que representa no sirven ni para activar lo mínimo con el objetivo de recibir donativos ni en las fronteras ni en las embajadas en el exterior.

Indignación porque, en medio de tanto dolor y de tanta tragedia, los corruptos del Congreso pretenden aprovechar la situación para beneficiarse aprobando leyes del pacto que hicieron entre ellos para salvaguardar sus mafias.

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Indignación porque los juicios se estancan gracias a jueces que declaran al Estado «víctima» en el caso de las niñas quemadas vivas en una institución del mismo Estado asesino.

Indignación porque todavía hay algunos que creen que este gobierno, solo porque fue «electo», tiene «poderes divinos» para hacer lo que le venga en gana. Si eso fuera cierto, entonces la voz del volcán sería como la voz de Dios. Que entiendan los que quieran.

Pero, pese a todo, también hay esperanza. Ante la catástrofe, ante la ineptitud, ante la insensibilidad y el cinismo del Gobierno y de sus secuaces, el pueblo solidario se ha levantado para ayudar a sus hermanos en desgracia.

Hay esperanza porque espero que finalmente este pueblo aguantador y paciente haya empezado a decir ya basta. Ahora falta emprender el camino de lucha, de ciudadanía constante y exigente, y no solo de caridad coyuntural, para pedir que rindan cuentas esos que el pueblo ilusamente eligió pensando que harían las cosas de diferente manera. Es evidente que, pese a todo, los guatemaltecos y las guatemaltecas queremos nuestra tierra y a nuestra gente. Es evidente que ante la tragedia nos unimos.

Ojalá esta unión nos aguante para luchar lo suficiente hasta que se haga realidad el que este tipo de tragedias no tengan posibilidad de repetirse, para reconstruir, en términos de equidad y de justicia, esta sociedad arbitraria y desigual desde sus cimientos y transformarla en el país que todos soñamos y merecemos.

Simplemente no les avisaron. No se activó a tiempo ese protocolo, que habría salvado las vidas de quienes habitan las faldas del volcán.
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