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Opinión
11 05 18

Mientras comienzo estas líneas, escucho a Janis Joplin con Piece of my Heart. Esa prodigiosa voz, que alguna vez llegó a afirmar que estaba enterrada viva en el bluesBuried Alive in Blues—, le pone marco a estas líneas sobre el 50 aniversario del Mayo del 68.

Hace medio siglo, una insurrección de estudiantes universitarios se convirtió en una de las mayores huelgas de la historia (nueve millones de trabajadores) bajo el impulso de consignas como: «Seamos realistas. Exijamos lo imposible», «¡La imaginación al poder!» y «¡Prohibido prohibir!».

Esas frases son ahora más reclamos poéticos que una poderosa herramienta revolucionaria, pero en ese momento fueron las consignas de un movimiento que llevó a De Gaulle a adelantar las elecciones generales, que se convirtieron en un hit construido en torno a la leyenda cuasi romántica de una juventud contestataria y anticapitalista que les lanzaba a los gendarmes los adoquines sacados de las calles en desafío a una sociedad jerárquica y que estaba dispuesta a emprender cambios profundos en el sistema político. El credo de Revolution de los Beatles.

Esa leyenda omite, de manera conveniente, la importancia del movimiento obrero, que a partir de las protestas fue capaz de cambiar condiciones salariales y las relaciones laborales. Excluye también que esa juventud revolucionaria se graduó de la universidad, consiguió empleos, se acomodó y cambió de ideas, radicalmente en algunos casos. Es el caso de Daniel Cohn-Bendit, cabeza visible de las protestas, ahora un eurodiputado cada vez más lejos de la defensa de las conquistas sociales y más cerca de las posiciones más conservadoras de Macron.

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La leyenda decidió también exaltar exclusivamente el anticapitalismo del Mayo francés y hacer caso omiso de la forma en que los tanques rusos aplastaron la Primavera de Praga apenas unos meses después.

Los Rolling Stones, con Sympathy for the Devil, me recuerdan que el mundo no está menos convulso ahora que hace 50 años. Vietnam estaba allí, pero ahora están Siria y el inicio de una nueva carrera armamentista. El romanticismo de una juventud que está dispuesta a defender en las calles las conquistas sociales está allí, mostrando su esperanza, por ejemplo, por una Nicaragua diferente.

Una infinidad de filósofos e historiadores han interpretado, reinterpretado y vuelto a discutir una vez más para acordar que no pueden ponerse de acuerdo sobre cómo entender el legado de unas jornadas que aportaron en términos de transformaciones más culturales que políticas. Incluso, persiste la duda de si Macron realizará un acto oficial de conmemoración, pues el aniversario transcurre concitando escasa atención pública.

Yo cierro estas líneas escuchando la voz de Elin Larsson, vocalista de Blues Pills, con No Hope Left for Me, y con la grata sensación de que a esto saben el blues y la psicodelia más recientes.

Los Rolling Stones, con «Sympathy for the Devil», me recuerdan que el mundo no está menos convulso ahora que hace 50 años.
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