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Pócimas y malabares para cambiar la realidad

Atardece. El sol de noviembre se extiende sobre todas las superficies bañándolas exquisitamente. En la distancia, apenas algunas nubes jugando al camaleón.
Engler García

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“No, no hace falta esperar los resultados de las elecciones para darse cuenta de que en este lugar, existen dos realidades”.

Una esquina cualquiera en ciudad de Guatemala. Transcurren esas horas en las que el tráfico depende del criterio de un policía municipal. Una tarde cualquiera donde los largos bocinazos y sin sentido, donde la bulla y el ruido típico de una ciudad ansiosa, son la mejor manera de expresar nuestro inconformismo. 

Pero esta tarde, apenas se escuchan algunos bocinazos. La gente tiene en sus rostros una expresión relajada. Pareciera que se hubieran quitado un enorme peso de encima. Probablemente tenga que ver con el fin de la campaña electoral, o porque recién acaban de participar en la fiesta cívica por excelencia. O una satisfacción por aquello de listo, ya voté. El país se arreglará.  Como si votar fuera una varita mágica o una pócima maravillosa.

Aunque pensándolo mejor, sí que lo es. Una pócima para que perdamos/alteremos el sentido de la realidad. Que cambia al culpable por el descalabro de este lugar que pretenciosamente llamamos país, contra el que nos pasaremos los siguientes cuatro años despotricando. ¡Vaya ciudadanía! O tal vez esta tranquilidad solo sea por la luz de noviembre y sus paisajes de postal. Es que, ¡qué país más hermoso! ¿No?

En la misma esquina, como en cualquier otra esquina, unos niños revolotean. Imposible saber sus edades. Sus expresiones, sus miradas duras y la piel opaca, apuestan por un número mayor que el de sus diminutos cuerpos podrían revelar. Una de ellas se limpia el rostro. Intenta quitarse la pintura que debería ser blanca. Otro trepa con asombrosa habilidad uno de los árboles de donde tira,  al estar entre las ramas, una mochila sucia y descosida. Baja con una habilidad mucho más asombrosa.

En todo caso, esa habilidad se queda corta para lo que a diario, estos pequeños deben hacer para sobrevivir. Meten en la mochila las naranjas con las que se pasan el día haciendo malabares con las manos. La más grande, la que se quitaba la pintura, toma de las manos a los dos más pequeños. El niño trepador se pone la mochila a la espalda y enfilan justo en dirección contraria a donde yo voy. Supongo que la siguiente escena en el día de los niños puede ser la siguiente: en un lugar seguro harán las cuentas que deben entregar. Les darán algo de comer. Y listo, a dormir.

No, no hace falta esperar los resultados de las elecciones para darse cuenta de que en este lugar, existen dos realidades. Tampoco es suficiente ir a votar y al otro día ir por la vida con cara de satisfacción por el deber cumplido. Tampoco hace falta ir a Jocotán o a cualquier lugar fuera de la capital, para enterarse de las condiciones precarias de cientos, de miles de niños. Solo basta con observar en las esquinas un poco más allá del semáforo e indignarse con el desafortunado criterio de los agentes de tránsito. Ya basta de pensar que votando arreglamos las cosas. Hace falta involucrarse y dejar solamente de ver el paisaje bajo los semáforos y tomarnos cada cuatro años la pócima que arreglará nuestros problemas.

Engler García

Engler García. Respuestas apresuradas a quién soy. Guatemala, 1979. Con estudios en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Ciudadano de a pie y ciclista urbano por convicción y placer. También convencido de que el sistema debe cambiar, pero sin tener muy claro cuál debiese ser la hoja de ruta a seguir. Por lo tanto, me pierdo en “eternas discusiones”. Encantado con la belleza del mundo y sus epifanías, con la simpleza de la vida. Y, por supuesto, escritor en ciernes con todas sus implicaciones.

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Muy buen artículo. Una forma sencilla y directa de hacernos reflexionar.

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