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¡No seás hueco!, o La ideología del macho
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¡No seás hueco!, o La ideología del macho

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12 05 18

La identidad de género es una construcción cultural que se impone a través de rituales convencionalizados que socialmente son empujados por la heterosexualidad.

Desde una perspectiva antropológica, la ritualidad sirve para delimitar espacios simbólicos, definir fronteras sobre territorios que, en este caso, son los cuerpos. El vestuario, la gesticulación, el vello facial y la longitud del cabello son formas de ritualización que históricamente han servido para significar identidades de género alineadas con los genitales. Es decir, a un ser con vulva automáticamente se le asigna una identidad de género, la femenina, junto con las nociones sociales que esto implica. Como afirma Simone de Beauvoir, no se nace mujer, sino que se llega a serlo.

Estas mismas prácticas de significación se utilizan para establecer los límites de la masculinidad a partir de oposiciones binarias con lo femenino. Estos imaginarios nos han hecho internalizar la asociación de la masculinidad con características como fuerza física, capacidad de dominio, poder económico, seguridad, habilidad deportiva, deseo sexual imparable y actitudes de cortejo predatorias. Estas categorías se oponen semánticamente a la feminidad, que se reviste de delicadeza, debilidad, sumisión, belleza, prudencia y domesticidad. Según Adrienne Rich, estas estructuras simbólicas se institucionalizan como mecanismos violentos que sirven para justificar el acceso físico, económico y emocional sobre las mujeres. Esa institución se legitima a través de prácticas discursivas que se cristalizan en condiciones materiales.

La socióloga estadounidense CJ Pascoe realizó un estudio con adolescentes en una escuela californiana. Su investigación explica cómo la masculinidad se define a partir de negociación, competición y negación entre los grupos de muchachos. Acuña la categoría fag discourse para referirse al mecanismo que utilizan frecuentemente los jóvenes para regular su comportamiento dentro de los límites de la masculinidad y de la heteronormatividad. Una práctica similar se da en el contexto local. Muchos adolescentes y adultos utilizan una categoría similar para controlar la conducta de los otros: hueco.

Esta herramienta discursiva convierte a todos los integrantes de un grupo en agentes de la heterosexualidad institucionalizada. La expresión homofóbica hueco les sirve a los individuos de un grupo para legitimarse como entes masculinos mediante la imposición del adjetivo en otro, que termina en una posición feminizada, por lo tanto marginal. El epítome fluye de un hombre a otro, independientemente de su orientación sexual, y se utiliza para establecer los límites de la masculinidad. Evidentemente, poseer rasgos considerados masculinos aporta cierto capital social.  Sin embargo, esta identidad se sustenta en un equilibro endeble. Debe mantenerse vigente porque el riesgo de caer en la categoría es permanente. La masculinidad tóxica funciona como la piedra de Sísifo: se eleva con mucho esfuerzo hasta la cima de un monte inclinado para caer estrepitosamente al final de cada día.

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Estas condiciones tan restrictivas construyen identidades mutiladas, incapaces —muchas veces— de mostrar abiertamente empatía, vulnerabilidad, afecto o tristeza, procesos emocionales necesarios para la salud mental de cualquier ser humano. Esto, a largo plazo, genera depresión, ansiedad y una tasa de suicidios casi tres veces mayor en la población masculina. Sin embargo, la relación más devastadora de la masculinidad tóxica se establece en contra de los cuerpos femeninos. Las cifras son dolorosas. En Guatemala, cada 12 horas es asesinada una mujer por motivos de género. A diario, alrededor de 30 personas son víctimas de algún delito sexual. De estas, el 97 % son mujeres.

Los violadores no son psicópatas aislados, como los quiere dibujar el imaginario colectivo. Son individuos completamente adaptados, parte de un proceso dialéctico con las formas de violencia misógina que se perpetran a diario, pero que resultan imposibles de llevar a los juzgados. Las motivaciones de un violador nada tienen que ver con la libido. En él atraviesa el discurso de la masculinidad ansiosa de poder, de dominación, de saberse legítima y moralizante frente a la mirada del otro.

En España, recientemente enfrentó juicio La Manada, un grupo de hombres que abusó sexualmente de una muchacha de 18 años. Lo planificaron, lo grabaron, lo compartieron. El ritual gregario de la masculinidad tóxica se consumó. Ellos se codificaron como verdaderos hombres. Con un gesto aniquilador se legitimaron unos a otros. Y la complicidad tácita del sistema de justicia, ese pensado en función del pater familias, los exculpó de ser violadores. Solo fue un abuso, dijeron. La ley dejó caer parte de la responsabilidad en una muchacha aterrada por no haberse resistido lo suficiente a que cinco hombres la violaran.

Pero la batalla por desnormalizar las prácticas violentas de la masculinidad no se libra solo en los juzgados. Debe lucharse en la cotidianidad, en los gestos de dominación, en las palabras que nos hacen un poco cómplices de La Manada. También debemos librarla en nuestros cuerpos, colonizados para operar dentro de la pedagogía de la crueldad. Es posible crear otros modelos de masculinidad que no se sustenten en la violencia. Allí es donde la ternura, el afecto y la posibilidad de ser vulnerables deben estallar como actos de rebelión frente a un sistema enajenante.

Las motivaciones de un violador nada tienen que ver con la libido. En él atraviesa el discurso de la masculinidad ansiosa de poder.
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