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Opinión
24 09 18

La estrategia cafetalera del país no debe limitarse a las grandes cafeterías.

Buscar mayores precios para el café guatemalteco es una buena idea, pero no es suficiente. Muchos creen que los mayores precios que algunas grandes cadenas de cafeterías pueden ofrecer por el café guatemalteco son el camino al desarrollo (¿salvación?) del sector. No solo eso: se argumenta que muchas de estas cadenas vienen con ciertos beneficios adicionales como la colaboración para mejorar el manejo ambiental de los cultivos o impulsar mejoras en las relaciones laboral y contractual con los pequeños productores.

Hay varias razones por las cuales considero que ese camino no va a servir de mucho.

Primero, ¿han comprado el café guatemalteco en esas grandes cadenas internacionales? Es una desilusión. Incluso si uno compra el café tostado y lo prepara en casa, el sabor y el aroma son decepcionantes. Así pues, resulta iluso esperar que a través de estas cadenas podremos generar un grupo de compradores leales dispuestos a ofrecer cada vez mayores precios por el café chapín. Estamos arrimándonos al árbol equivocado. Varios autores en temas de desarrollo sugerirían que el problema es que estas empresas pueden comprar insumos de muchos lugares y presionar por bajos precios sin un incentivo a mejorar o mantener la calidad del café de un país como Guatemala. Tal vez por eso es que el café que uno prueba en la cafetería de la Anacafé o en la cafetería El Injerto (mis dos favoritas en Guatemala) es muy superior a lo que uno encuentra en las grandes cadenas aquí en Estados Unidos.

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Segundo, aun si las buenas cafeterías guatemaltecas crecieran fuera del país y se posicionaran por su alta calidad, dicha estrategia tampoco sería suficiente porque los dos grandes problemas del café chapín no tienen que ver con el precio del grano.

Para empezar, estamos extrayendo muy poco valor del café. Ya dije en columnas anteriores cómo estamos desaprovechando la generación de subproductos. Pero a la vez también es cierto que no hemos apostado por apoyar de manera clara su producción y consumo. Luego, el otro gran problema del café chapín es laboral: la tecnología del trabajador chapín del café ha cambiado muy poco en 150 años, especialmente en el campo.

Ambos problemas requieren propuestas de política económica que les genera pavor a dos grupos usualmente enemigos: la izquierda ruralista y la derecha libertaria. Guatemala no solo necesita invertir en el desarrollo de tecnología que incremente la productividad del trabajador, particularmente durante la cosecha. Además, necesita subsidiar el uso de dicha tecnología para que sea económicamente rentable. De lo contrario, el agro, y especialmente el sector cafetalero, va a seguir necesitando mano de obra sin educación, pues es la única lo suficientemente barata como para mantener la rentabilidad del sector. Pero estos cambios (en resumen, el camino al desarrollo) no son posibles si la mayoría de la población sigue prestándoles atención a la izquierda ruralista, que está obstinada en un modelo económico orientado al minifundio, y a la derecha libertaria, que sigue obstinada en un modelo gubernamental mínimo.

Resulta iluso esperar que a través de estas cadenas podremos generar un grupo de compradores leales dispuestos a ofrecer cada vez mayores precios por el café chapín.
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