Nacer, crecer y morir como mujer en Guatemala

Simone Dalmasso
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Una mujer llega a la puerta del hospital de noche, agarrada del brazo de su madre. Con la otra mano se sujeta el vientre, redondo, inmenso, parturiento. Gira la vista atrás y mira a su esposo, que busca un lugar para estacionarse próximo a una cantina cercana.

Las dos entran juntas al centro médico, pero sólo la mujer embarazada pasará a la sala de partos. “Hasta aquí se permiten acompañantes”, dice un enfermero. Nerviosa, triste, desesperanzada, mira a su madre, que la despide rápidamente, al tiempo que alcanza a dejarle una bolsa con algo de ropa y comida.

La señora deberá aguardar afuera. No hay lugar donde sentarse. Ni siquiera donde apoyarse. Algunas personas esperan a ser atendidas en el suelo, sobre colchonetas que comparten con otras pacientes.

Con sudor en la frente y ante una soledad absoluta, la mujer mira a su alrededor, acostada en la camilla. Le duele, pero no puede quejarse. “Si tan buena fue para abrir las piernas, ahora aguántese”, repite cada cierto tiempo otra enfermera. Unos minutos después, el llanto inconsolable de un recién nacido resonará en el cuarto.

La mujer espera, ansiosa, a que le digan el sexo del bebé. La respuesta de la doctora hace que un escalofrío recorra su espalda.

— Es una niña —dice, antes de recostar a la bebé sobre el pecho de su madre.

Ella sabe lo que viene después. Su esposo no la esperará con los brazos abiertos a la salida del hospital, ni la llevará a casa para cuidarla y apoyarla durante los próximos meses. Tendrá que buscar jalón con su madre y aguantar el enojo del hombre. Esto no es lo que él le había pedido, y ahora pagará las consecuencias hasta que dé a luz a un varón. Quizás el año que viene.

La niña que acaba de parir la mujer, crecerá en una aldea del altiplano de Guatemala. Tendrá que trabajar desde el momento en el que aprenda a pararse sobre sus piernas. Dará de comer a las gallinas, acompañará a su madre a vender comida en la calle, hará oficio en la casa, llevará el maíz al molino.

Verá cómo sus hermanos pequeños van a la escuela a estudiar. Cómo juegan con sus amigos en la cuadra. Cómo esperan a ser servidos y vestidos. También verá cómo su hermana seguirá sus pasos unos años después.

El futuro de esta niña, igual que el de otras muchas en Guatemala, no parece prometedor. Parte de un lugar varios kilómetros atrás que sus hermanos, primos y vecinos. Y recorrerá un camino desigual, con hoyos, deslaves e inundaciones.

Si la niña es afortunada, su padre no será alcohólico. No le pegará a su madre. No las violará a las dos. No tendrá que escaparse de casa. No encontrará el cariño que le falta en una pandilla que la obligue a matar, a drogarse, a prostituirse. Un juez no la enviará a un hogar de protección del Estado, saturado. No tendrá que protestar por los malos tratos en el lugar, no terminará encerrada en un cuarto de 6.8 metros por 7 metros y no morirá quemada.

La niña, que nunca pudo estudiar, quizás no deba resignarse a un empleo de 12 horas al día, mal pagado, en una maquila de la capital en el que la despidan y vuelvan a contratar cada año para no tener que mejorar sus condiciones.

No tendrá que resignarse a vivir en un asentamiento al borde de un basurero, ni vivirá preocupada porque su hijo se dedique a la venta de drogas en el lugar. Quizás tampoco tenga que ser desalojada con su familia, por haber levantado un hogar en un terreno prohibido.

Tampoco se verá obligada a hacer jabones, detergente líquido y perfumes para sacar adelante ella sola a cuatro hijos, porque su esposo, piloto de transporte urbano, fue asesinado por no pagar la extorsión.

Quizás, antes de que todo esto pase, no terminará embarazada a los 13 años. No la convencerán de ser madre ni de irse a vivir con un muchacho de 16 años que la maltrata y la viola cuando llega borracho cada noche.

No tendrá que buscar un lugar clandestino donde abortar. No tendrá que introducirse una varilla de paraguas por la vagina para interrumpir un embarazo que nunca buscó. No tendrá que morir desangrada por miedo a que se conozca su pecado.

Y aunque nada de esto pase, la niña, luego la joven, luego la mujer, tendrá que aprender a luchar, a sobrevivir en medio de un torrente de desigualdades. Y muy probablemente lo consiga. Tiene ejemplos que seguir.

Las sobreviviente de violencia. Las que denuncian. Las que no. Las que se aguantan los golpes, para que no les caigan a sus hijas e hijos.

La madre que echa más agua al caldo de hierbas, para que alcance un día más. La mujer que empieza a estudiar a los 40, porque no pudo de niña.

Las hermanas y la madre que pelean porque se castigue a los militares que desaparecieron a un niño en los 80. La anciana valiente que cava en una fosa común con los pies y las manos desnudas, en busca de su hijo, en una aldea de Nebaj.

Cualquier mujer que se levanta cada día con todo en contra, y consigue seguir avanzando, lentamente, en este camino pedregoso.

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