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Morazán y el hilo de Ariadna
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Morazán y el hilo de Ariadna

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Por favor, escuche esta canción mientras lea:

I

Tengo dos imágenes de mi viaje más reciente a Honduras.

  1. Voy bordando a Batman, sobre una tela de flores. Un hilo negro y grueso, decidido al dibujo, como yo al emprender una travesía de investigación morazánica. Termino el dibujo y justo en ese momento se acaba el hilo.

  2. Estoy llorando a las 2:30 de la madrugada afuera de la casa en la que voy a vivir. La llave no abre, los vigilantes dicen que no vivo ahí, no hay nadie adentro. Les pido un teléfono prestado, no quieren, les pido que me ayuden a entrar con la llave de ellos, no pueden, les explico que vivo ahí, no me creen. Todo me parece como golpearse contra la pared. Un toro que se golpea contra una pared.

  3. La tercera imagen está ahí porque es producto de las dos anteriores. Es el símbolo. El toro, el hilo que se acaba. El laberinto. Entender la unión centroamericana desde Honduras, desde Tegucigalpa, es perderse en el laberinto de Ariadna y el minotauro. El toro es Francisco Morazán y el laberinto y sus paredes son la Historia.

II

Tras mi visita a la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, en la que hago una estancia de investigación, mi tutor me llevó a la casa en la que me quedaba. Atravesamos el centro, hacia el barrio de La Leona. Pasamos por una calle y leí su nombre: Salvador Mendieta. Más arriba, Máximo Jerez. “Y aquí, otro unionista”, decía mi tutor y señalaba más calles. Yo no podía entender que las calles de esa ciudad hablaran, todas, de un pasado unionista. Lo que no fue no será. Pero persiste en la calle como la cartografía de un imposible. Y entonces la ciudad completa me parece un imposible.

III

Me gusta Tegucigalpa, dije, y me vieron con extrañeza. Hablaba con salvadoreños, hablaba con hondureños. Nadie comprendía qué podía tener de fascinante esa ciudad labrada entre cerros que persiste como una gran cárcel desde el golpe de estado de 2009.

—Es bella y es terrible, como debe ser —insistí.

Después de quedarme sin casa de pronto, Tegucigalpa comenzó a ser más terrible que bella. Todo trámite era imposibilidad, hasta comprar un chip para teléfono celular, primero por extranjera, segundo porque no hay sistema, tercero porque fíjese que no. Y una lentitud apabullante.

Tegucigalpa y sus protocolos me devolvían a la escena del toro contra una pared. En una habitación pequeña, en un extremo del laberinto. Siempre golpeándose, nunca mirando más allá, nunca preciso.

Así ha sido todo intento de unión centroamericana, incluso durante la federación, de 1823 a 1842, que terminó ese año con la muerte de Francisco Morazán, su presidente, caudillo y símbolo, o incluso antes, en 1839, con la separación del Estado de Nicaragua.

Desde 1842 hasta 1921, repetidos intentos infructuosos han procurado unir Centroamérica. No ha sido posible, no hay nación, hay Estado nacional, una estructura en colapso que sobrevive porque ha logrado tener cimientos imaginarios. Imaginario el enemigo, imaginaria la otredad. Imposible, por ello, unirse, por supuesto. Tegucigalpa se me hacía la pieza de ese misterio de fracasos continuos. Un símbolo. No solo por sus archivos y sus hemerotecas, por su tradición intelectual en fuga, en exilio, por su polarización política legendaria e infelizmente paradigmática. Había algo más, como eslabón, como sustrato. La búsqueda de ese sustrato se me volvía anhelante.

IV

Desde el aeropuerto, un taxista me llevó hacia el barrio de La Leona. El aeropuerto está en Comayagüela, la capital gemela, me explica el taxista. Atravesamos puentes y colonias y hay una desolación, una marca de humedad gigante en la ciudad, una sensación de pérdida. Veo sus calles y las casas de los años 30, 40, 50, sus paredes descascaradas, sus calas cromáticas, sus pintas de protesta tras el golpe, el arte de los grafiteros. Un palimpsesto. Todas esas voces, esas historias, en un solo estrato del tiempo: la pared. Un estrato compacto, diría Kosselleck, donde conviven diferentes momentos históricos en un otro momento más, el nuestro. Lo veo y me parece una piedra preciosa e inaudita.

Pregunto al taxista por la vida en esa ciudad y me dice que no es tan activa comercialmente como antes, unos veinte años atrás, es un fracaso.

Otro fracaso.

Fascinante.

Al día siguiente, digo a mi tutor que algo hay de espectro y de palimpsesto en las ciudades, en Comayagüela y Tegucigalpa.

—Es Mitch —me dice—. El huracán pasó pero no termina de pasar. Está aquí, murieron más de diez mil personas.

Con el huracán, los cerros se humedecieron, la tierra se aflojó, los cerros se deslizaron, cayeron en torrente sobre los barrios, sobre las casas, sobre familias enteras.

Era 1998, es hoy.

—Todos conocemos a alguien que perdió un familiar, un amigo, en Mitch.

Es el pasado que no pasa, esa historia del tiempo presente que es fisura y esa fisura, en las memorias, sangra. En las ciudades, es grieta de tiempo, está ahí, todos vamos dentro, caminando, aunque pensamos que estamos en el presente. Casi 20 años de limbo.

Una mancha de humedad del tamaño de una ciudad. Una mancha tan viva como un hongo. El palimpsesto.

Otros taxistas me cuentan el paisaje del Mitch: la primera avenida de Comayagüela se volvió río. Flotaban carros, pedazos de casas, muertos. Los muertos pasaban al lado de los vivos. Todavía se estima que en los remanentes de la correntada, ahora sustrato de tierra y ripio, hay cadáveres. Aún. Hoy.

—En la primera avenida de Comayaguela nadie ha vuelto a construir.

En una esquina, un edificio con un rótulo de SE VENDE. ¿Quién va a comprar la ruina?

—El apocalipsis. Como si el apocalipsis pasó y nosotros seguimos viviendo —dice mi tutor.

V

Tengo una fantasía. Pienso que es bella. Voy vestida de blanco hacia la Plaza Morazán, en el centro de Tegucigalpa. En un monumento pequeño, casi de juguete, Francisco Morazán emprende camino en un corcel, seguro va hacia El Espíritu Santo, hacia San Pedro Perulapán, sus batallas triunfales en El Salvador, rumbo a Guatemala, para sitiar la ciudad símbolo del Antiguo Régimen y unificar definitivamente Centroamérica. Pero algo pasará, algo pasó.

Hay muchos textos y rumores que sostienen que el hombre en el caballo no fue, no es, Morazán, que el tricornio no era de uso en 1820 en Centroamérica, tropical y perdida de la Modernidad, que es un soldado francés olvidado, que Centroamérica siempre ha sido tan miserable que los funcionarios hondureños —no se revuelque en su tumba Marco Aurelio Soto— compraron la escultura ecuestre en un remate. Y por ello, no es Morazán, es una burla. Y pues qué importa. Los símbolos son depósitos y no piedras. El gran problema de Centroamérica ha sido pensar que el fracaso federal fue monolítico y que los triunfos de la pervivencia de los Estados Nacionales, por consiguiente, también lo son.

Pienso que es tiempo de llenar con significados propios los símbolos, mientras camino por el centro de la ciudad. Y solo llevo agua. Baldes de agua. Me subo al monumento a Francisco Morazán. Lo hice antes, en 2011, en San Salvador, en el monumento a Morazán y las repúblicas unidas de Centroamérica. Entonces, en la celebración de un bicentenario de independencia que no existió, que es mito. Entonces, pensaba yo, rompía la narrativa de las repúblicas como madres amorosas, y las enunciaba como madres terribles que asesinan y expulsan hijos. Cada día de 2011, morían al menos 25 jóvenes, en promedio en el Triángulo Norte; la estadística de la edad para morir iniciaba con la edad de mi hermana y terminaba con la mía. Todos nosotros, mis amigos, mis estudiantes universitarios, mi hermana, estábamos en riesgo de morir. Por eso envolví a las repúblicas de mármol como a cualquier cadáver de joven centroamericano. La patria nos traicionó, nos estaba matando. Nos abandonaba en cualquier bolsa negra de plástico. Era 2011.

 

Ahora pienso que no, que no nos debemos más violencia, que es tiempo de la ternura. Incluso para los caudillos.

Lavo a Francisco Morazán de bronce, verde de óxido, negro de humo. Lo lavo porque hasta los caudillos merecen amor. Porque no es tiempo de las gentes de acero, de los toros furibundos, que tanto daño nos han hecho, porque es tiempo de abrazar alguna esperanza por la belleza, por la vida, porque, simplemente, es tiempo aún.

Mi amigo Roberto Baiza, escenógrafo y vestuarista, ha tenido esa misma fantasía. En ella, me regala un vestido blanco para que me suba a ese altar, y lejos de inmolar a Centroamérica, la rescate de sí misma. Así el vestido se rompa, así ennegrezca.

VI

No temo al vestido blanco sucio y roto, no temo porque es símbolo de algo más.

La unión centroamericana es ese toro que se golpea contra la pared en un cuarto de porcelana. Como nos golpeamos muchas veces contra el amor. El problema ha sido el límite, no romper el límite. Porque solo hasta el límite del amor es posible romper la piel, solo en el límite de la madeja es posible romper el hilo.

***

Pensé en esto después de llorar en un cuarto de hotel. El llanto aclara, aunque sea la mirada. Un amigo me llamó y después de mucho esfuerzo por intentar articular sobre esta estancia en Honduras le dije: Ya entendí qué pasó, el hilo de bordado que se me acabó es el hilo de Ariadna. Y sin hilo, ya sabemos qué pasa, el minotauro golpeándose contra una pared. Eternamente.

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