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A los periodistas no los matan por culpa de la libertad
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A los periodistas no los matan por culpa de la libertad

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Tipo de Nota: 
Opinión
25 03 18

Si durante toda la época moderna la labor de informar con veracidad y responsabilidad ha sido riesgosa, en los últimos años, en los países emergentes, ha tenido una cauda elevada de periodistas perseguidos, difamados, golpeados y hasta asesinados.

México es posiblemente el más claro ejemplo, donde poderes paralelos y el poder político se conjugan para golpear de una y mil maneras a los periodistas. Guatemala, Honduras y demás países de la región no escapan a esa triste situación.

No es posible considerar la libertad de prensa y de opinión, obtenida a fuerza de presiones y de luchas, causa de la persecución, los ataques y los asesinatos de periodistas, como irresponsable y mañosamente afirmó hace poco el multipremiado escritor español-peruano Mario Vargas Llosa en entrevista a la periodista mexicana Carmen Aristegui, precisamente ejemplo vivo de la persecución y del ataque del poder público contra los periodistas.

Nadie duda de la calidad literaria del escritor, en especial de la de sus obras de juventud, aunque bien se puede poner en duda su honestidad intelectual al tomar largos párrafos de otras obras sin otorgar los créditos a los autores, como sucede con La guerra del fin del mundo respecto a la magna obra de Euclides da Cunha. Sin embargo, establecerse como voz supuestamente autorizada para no solo descalificar a uno de los candidatos a la presidencia en México, sino hacer también una defensa oficiosa del desastre político y económico al que a ese país han llevado las políticas neoliberales y la corrupción exagerada, es más que un desatino, que retrata de cuerpo entero a los que porfían en hacernos creer que el neoliberalismo económico es la única alternativa que tienen nuestras sociedades y dejan de lado sus costos sociales y políticos.

México sufre no solo el flagelo de la corrupción, abierta y clara, que cualquiera puede palpar con un poco de objetividad. Sufre también la manipulación de la política, pues la democracia no es simplemente la realización de elecciones: es también el funcionamiento independiente de las instituciones del Estado en beneficio de todos los ciudadanos. Y eso, lamentablemente, México no lo tiene. El reciente y descarado fraude electoral en el estado de México es prueba fehaciente de ello. La manipulación de los órganos de justicia a favor de la élite política es su claro complemento.

El afamado escritor, mal político, como bien lo anotó el candidato presidencial mexicano López Obrador, resulta tendencioso y marrullero cuando de análisis político se trata, llegando a la irresponsabilidad en lo que a la persecución y a la agresión a la prensa se refiere. Afirmar que «el que haya 100 periodistas asesinados es, en gran parte, culpa de la libertad de prensa» es tan falso como decir que en Estados Unidos hay tantos asesinatos en las escuelas por culpa de la universalización de la enseñanza media. O como decir que en España —su país de adopción— no hay asesinatos de periodistas porque no hay libertad de prensa. Opinador enceguecido por su ideología, deja de lado datos como el ranking de la libertad de prensa de Reporteros sin Fronteras, en el cual México aparece en el puesto 147 de 180 países evaluados, lo que significa que es uno de los países donde menos libertad existe para informar y opinar, aun por debajo de El Salvador (62), Guatemala (118) y Honduras (140).

Los latinoamericanos debemos ser cautos en la valoración de las opiniones de famosos y multipremiados escritores. Si unos se pontifican como representantes del neoliberalismo, aun con estúpidas afirmaciones como las del escritor peruano-español, otros, desde sus cubículos universitarios, obtenidos curiosamente sin concurso de oposición, presumen de intelectuales orgánicos del movimiento popular solo porque descalifican a diestra y siniestra a los que intentan ampliar las alianzas temporales para derrotar, de manera contundente, a la corrupción y el latrocinio de los bienes públicos.

México, como los demás países de la región, enfrenta un período en el que las élites políticas, aliadas a lo más nefasto del crimen organizado, se niegan a perder privilegios y llegan a manipular información y a desaparecer periodistas para conservar privilegios.

Guatemala, lamentablemente, ha desperdiciado valiosas oportunidad para proteger efectivamente a los comunicadores. Hora es ya de que construyamos mecanismos de protección y de dignificación certeros, que pasan, necesariamente, por un revisión a fondo de la legislación, de manera que se priorice el derecho de las audiencias por encima de los intereses comerciales, muchas veces espurios, de los dueños y financistas de los medios.

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