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Los anteojos de la miseria
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Los anteojos de la miseria

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Tipo de Nota: 
Opinión
24 01 18

Chats y tinta siguen corriendo a causa de los escándalos que nos indignan a todos: los anteojos del presidente, la captura de Baldizón, la salida de Thelma Aldana, la plaza y los tuiteros, el Congreso.

Nos indigna y entretiene ver cómo les destapan las patas a estos forajidos y cómo los sheriffs salen casi a caballo a seguirles las huellas hasta arrinconarlos y esperar a que cometan errores para caerles encima. Pero al final son todos temas perecederos. Tristemente, todos son llamaradas de tusa. Todos tienen fecha de caducidad. Hoy son estos, así como ayer fueron La Línea y la agüita del lago de Amatitlán y anteayer Moreno.

Mientras tanto, desde hace ya mucho, muchísimo tiempo, nadie ha vuelto, ni por asomo, a hablar con seriedad del elefante en el cuarto. De esa cloaca pestilente que nos avergüenza y recuerda lo que realmente somos: paisito de quinta categoría, frágil barquito de papel sin rumbo, habitado por medio millón de ciudadanos cosmopolitas que se sienten casi de la OCDE, pero que no pueden serlo porque desafortunadamente tienen que cohabitar y compartir jardín y calle con ocho millones de muertos de hambre que no levantan cabeza ni a patadas.

Esa es la conclusión coloquial de leer periódicos locales y contrastarlos con un par de indicadores sociales que siguen retrocediendo y carcomiendo lo poco que queda de nuestra democracia y de nuestra gobernabilidad. La Cepal acaba de recordarnos hace unos días que somos el subcampeón regional en pobreza, título que venimos defendiendo con dientes y uñas desde hace ya varias décadas. La triste moraleja se mantiene: a pesar de todo —resiliencia, estabilidad macroeconómica, elecciones, asistencia técnica y financiera—, seguimos sin poder ponerle la cola al burro y encontrar la combinación de acciones públicas, privadas y ciudadanas que le mejoren la vida a tanta gente pobre. Seis de diez son pobres en Guatemala. ¡Seis de diez! Así no hay mercado que crezca ni joven que quiera quedarse ni democracia que aguante ni Estado que funcione.

Lo grave es que, con indicadores de tal calibre, el Gobierno no se declare en emergencia ni sea capaz siquiera de darle continuidad a una sola política pública de reducción de la pobreza. ¡Ni una sola! Ni se diga intentar innovar y aprender de otras experiencias. Eso ya es pedir demasiado. Al contrario, dan bandazos cada poco, las autoridades salen corriendo en desbandada, los equipos técnicos se desmontan y los presupuestos se achican.

La única explicación que a uno se le ocurre es que ese ejército de pobres cumple una función estratégica en todo este despelote que es nuestro modelo de (sub)desarrollo. Son ellos, los pobres, el verdadero amortiguador del descalabro institucional y político, la variable de ajuste y aguante que permite seguir proyectando una falsa estabilidad económica. Falsa calma y frágil solidez que cínicamente le piden al Estado que haga milagros para subir un par de puestos en el Doing Business. Ah, pero eso sí: que ni se le ocurra a nadie distraer recursos en atender a esa escoria que de todas formas ni a consumidores llega.

Así de invertidas están las prioridades. Así de falto de estrategia está el Gobierno. Así de indiferente está la ciudadanía. Así de jodidos estamos.

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