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Opinión
29 06 18

Concluida la vibrante y apasionante efervescencia del Mundial de futbol en Rusia, Guatemala dará inicio a un encuentro ya tradicional que también debe apasionarnos. En pocos días será inaugurada nuevamente la Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua).

La Filgua debe apasionarnos porque es mucho más que la simple exposición, venta y promoción de libros. El encuentro social con las letras ofrece espacios de diálogo con autoras y autores, así como con diversidad de esfuerzos editoriales que se abren paso a pesar de la corrupción y el apoyo limitado que reciben.

Esa cita anual con los libros, las letras y quienes los construyen y producen suele verse por momentos como un universo de sonrisas e ilusiones. Son los momentos en que grupos de niñas y niños invaden los pasillos y rompen con sus voces el adusto concepto que se tiene de los libros y de su mundo.

Un esfuerzo permanente para amigar libros y niños lo ha realizado desde hace años el proyecto de la biblioteca Bernardo Lemus, de Baja Verapaz. Igual empeño ha puesto el proyecto cultural Luis de Lión en San Juan del Obispo, Sacatepéquez. Brenda Lemus y Mayarí de León, impulsoras y corazones de los respectivos proyectos, se dedican a garantizar que niñas y niños de esos entornos viajen a la ciudad con ocasión de la Filgua y, además de estar en ella, puedan también pasear por la capital del país. En el caso de la biblioteca Bernardo Lemus, el esfuerzo ambicioso lleva a que las y los visitantes de Baja Verapaz vayan incluso a conocer el mar.

En los años que ambos proyectos llevan movilizando y estimulando a sus grupos de niñas y niños a visitar la Filgua, han sembrado en ellas y ellos la semilla de la curiosidad y la pasión por la lectura. Construyen, con ese afán, cultura ciudadana, cultura social de participación, cultura de colaboración y, sobre todo, cultura de paz y de derechos.

Esa invasión de niños por los pasillos de la Filgua es quizá uno de los mayores frutos de quienes con visión pionera dieron inicio a este esfuerzo de difusión de los libros y de promoción de la lectura. Un fruto que probablemente no vislumbraron al inicio, pero que ahora se convierte en uno de los elementos indispensables de la feria en cada una de sus ediciones.

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Y porque es necesario e importante mantenerlos vale invitar a quienes creen en el valor de la lectura a que apoyen estos proyectos y aseguren con su patrocinio la llegada de las niñas y los niños, ahora de todo el país, a los pasillos de la Filgua.

De esa cuenta, la XV edición de la feria podrá ser una verdadera fiesta de las palabras no solo para quienes pueden invertir sus recursos en acrecentar las bibliotecas individuales. La Filgua debe llegar a ser también una fiesta para quienes en todos los rincones del país se ilusionan con el viaje al encuentro con los libros y las letras.

Porque las niñas y los niños de Guatemala no merecen caminar en el desierto para ser encarcelados y separados de su familia al huir de la miseria. Porque ellos y ellas merecen vivir en un país que les garantice el derecho a ser felices, a ser niñas y niños que ven con una sonrisa, y no con temor, la llegada del futuro. En espera de esa fiesta, vaya para Raúl Figueroa Sarti, iniciador de la Filgua, y para Brenda Lemus y Mayarí de León, gestoras de los viajes de niñas y niños a la feria, una felicitación más que merecida por este aporte a la formación de ciudadanía. Porque al final de cuentas leer es un paso necesario para saber y comprender.

La Filgua debe llegar a ser también una fiesta para quienes en todos los rincones del país se ilusionan con el viaje al encuentro con los libros y las letras.
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