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Las dos huidas desesperadas de La Trinidad
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Dos hombres originarios de Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango, esperan el miércoles 7 de junio la hora de abandonar Lucerna para ir a Palín.

Las dos huidas desesperadas de La Trinidad

La Trinidad, con apenas dos décadas de historia y un permiso del Estado para instalarse en las faldas del volcán, es una de las comunidades más nuevas de la zona.
Cuando se instalaron aquí, sabían que lo hacían en un volcán, pero no el grado de riesgo que implicaba.
Simeón Camposeco Aguilar, presidente de la cooperativa de la comunidad.
Mujeres sirven el almuerzo el miércoles 7 de junio en Lucerna.
Unas familias almuerzan en la iglesia de la comunidad.
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Información

En las faldas del volcán de Fuego hay una aldea que quedó entre dos ramas de la nube incandescente que arrasó otras zonas. Se llama colonia Trinidad 15 de Octubre y está habitada por antiguos refugiados de Huehuetenango, que se exiliaron en México y llegaron aquí hace 20 años. Un mes antes de la tragedia participaron en un simulacro de catástrofe financiado por el Ejército de EE.UU. Cuando el desastre sobrevino de verdad, la instrucción del Estado fue vaga, según denuncian: “ya saben qué hacer”. Tuvieron que evacuar por sus medios y ahora analizan cómo enfrentarán el futuro.

La colonia La Trinidad 15 de Octubre es una comunidad nómada. En tres ocasiones han desmontado su vida y se han ido a otra parte. La primera, para escapar de la guerra y refugiarse en México. Fue en 1982, por miedo a la actividad del Ejército en la aldea de Buena Vista, municipio de Santa Ana Huista, en Huehuetenango, de donde son originarios muchos de sus vecinos. Eran los tiempos de Efraín Ríos Montt, acusado de genocidio y al que le llegó la muerte en medio del juicio. La segunda fue en 1998, dos años después de la firma de los Acuerdos de Paz, para volver, a un lugar distinto del que abandonaron. Una caravana de más de 25 autobuses llevó a 134 familias desde Comalapa, en Chiapas, hasta las faldas del volcán de Fuego, donde los retornados fundaron la aldea entre el El Rodeo y El Zapote. La tercera, el domingo 3 de junio de 2018, cuando la erupción forzó a una nueva evacuación: algunos vecinos se dirigieron hacia Escuintla, la cabecera departamental, mientras que otros recalaron en Lucerna, otra comunidad en la ladera de la montaña pero más alejada de la zona arrasada por la erupción.

El origen del exilio tiene nombres y apellidos. Son los hermanos Tiburcio, Sotero y Félix Gerónimo, vecinos de Santa Ana Huista y secuestrados por un escuadrón de la muerte el 5 de enero de 1980. Algo más de dos años después, la aldea dejará de existir. Sus vecinos marcharán hacia México y las casas que dejaron atrás serán arrasadas por los uniformados. No les quedó nada.

“Lo que nos recuerda a situaciones anteriores es haber tenido que abandonar el lugar en el que vivimos”, dice Simeón Camposeco, de 56 años, presidente de la cooperativa Unión Huista, que agrupa a los vecinos en la siembra de maíz, frijol y, especialmente, café.

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Camposeco es un tipo pequeño, con bigote canoso y capacidad de liderazgo. En otros tiempos, integró el EGP (Ejército  Guerrillero de los Pobres), una de las cuatro organizaciones que confluyeron en la URNG (Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca). Pero no es un asunto del que quiera hablar. Las armas quedaron atrás hace mucho. Ahora recibe el almuerzo en el exterior de la iglesia católica de Lucerna, uno de los tres edificios, junto al salón comunal y el templo evangélico, que recibió a damnificados. Su preocupación inmediata es dónde va a vivir la comunidad. Su gran quebradero de cabeza: el estado en el que han quedado los campos de café, cubiertos completamente por la ceniza.

La Trinidad, que lleva el 15 de octubre para recordar la fecha en la que los retornados se establecieron nuevamente en Guatemala, se ubica en las faldas del volcán de Fuego. Se accede a ella a través de un camino de terracería. Si uno va desde el El Rodeo, la aldea más afectada por la erupción, está obligado a atravesar tres ríos: el Jute, Las Cañas y el Chihuate, pegado a la aldea. Posteriormente, siguiendo el camino hacia Lucerna, se encuentra el río Zapote. Todos transportan material volcánico. Todos son barreras naturales que pueden aislar a las comunidades. Es habitual que el paso quede cortado.

Es miércoles 6 de junio. Estamos en Lucerna, pasado el mediodía, y ha llegado un camión con el que evacuar a las 120 personas que llevan resguardadas desde entonces. Hay prisa porque si comienza a llover la operación tendrá que abortarse. En apariencia no hay peligro por parte del volcán. Aquí no alcanzó ni la lluvia de ceniza que precede a la lava ni la arena incandescente, pero los retornados se encuentran intranquilos. El riesgo está en los cuatro ríos. La lluvia (estos días han caído tremendos aguaceros) puede incrementar los deslaves y el material volcánico provocar la caída de lahares. Además, los pobladores creen que si están más cerca de Escuintla podrán acceder mejor a los víveres que cientos de voluntarios han donado para los damnificados. Consideran que los solidarios están adoptando riesgos innecesarios para llegar hasta ellos. Por eso tienen previsto desplazarse hasta Palín, donde la oenegé Utz Che tiene su sede y se ha habilitado un albergue no oficial, sin reconocimiento del Estado.

No es la primera vez que el volcán entra en erupción, explica Camposeco, pero sí la primera en la que deciden marcharse de su comunidad. Únicamente 40 personas han quedado en La Trinidad, la mayoría hombres, para proteger los domicilios de los saqueos.

“Estamos muy cerca de la zona en la que han quedado casas soterradas. Lamentamos mucho esta situación. Nosotros no sufrimos pérdidas humanas, aunque sí de toda la agricultura, que es de lo que nosotros vivimos”, dice el campesino.

Un simulacro financiado por el Ejército de EE.UU.

Las primeras alarmas del Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorlogía e Hidrología (Insivumeh) se produjeron a las 6 de la mañana del domingo 3 de junio. La tragedia llegó pasadas las 14:00 horas. Hace algo más de un mes, el 16 de abril, los vecinos de La Trinidad habían realizado el simulacro. Los pobladores aseguran que cuando el riesgo era real nadie les hizo caso.

“En mi conocimiento nadie se comunicó con nosotros. Los compañeros llamaban a Conred. Como se había hecho el simulacro, les dijeron que ya sabían qué hacer”, dice Jesús Miguel Méndez, de 42 años.  Aunque era muy joven, él participó en el éxodo a México de 1982. El Ejército mató a su papá, Jesús Miguel López, y a dos de sus hermanos: Pedro y Francisco, de 15 y 30 años, respectivamente.

A las 17:00 horas, explica, la montaña se había puesto negra, tuvieron conocimiento de la tragedia registrada en San Miguel Los Lotes y decidieron evacuar hacia Lucerna. Para entonces ya tenían claro que nadie iba a acudir a socorrerles. Los que tuvieron suerte marcharon en picop. Otros realizaron el camino a pie, mirando de reojo a la espalda. No sería hasta las 23:00 horas cuando llegaron dos camiones del Ejército y sacaron a los últimos que querían marcharse. Estos fueron conducidos a albergues en Escuintla, que se ubica a pocos kilómetros.

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Carlos Montejo, de 63 años, corrobora el relato de su vecino. Dice que al sentir la erupción se dirigieron a Otilia García, presidenta del Consejo Comunitario de Desarrollo (Cocode) de la colonia. “Yo estaba con ella, fuimos y le dijimos, que se llame ya, saben que eres la presidenta y te conocen. Estábamos allí y la respuesta fue que ya sabíamos qué hacer”, afirma.

“Hay cosas que uno no quiere recordar, pero esta situación, volver a estar fuera de casa, nos hace acordarnos de lo que sufrimos en los años 80”, dice.

Regresa a las prácticas desarrolladas un mes antes. Las que, aparentemente, habían infundido confianza a los vecinos pero luego no sirvieron de nada, porque las condiciones en las que se hizo la representación y las de una tragedia real son muy distintas.

“Dieron pláticas anteriores a ese simulacro que realizaron. Según ellos, con esas pláticas nosotros podíamos resolver la situación. Ellos nunca toman en cuenta que no tenemos transporte adecuado”, protesta Montejo, quien se pregunta cuánto dinero gastó la administración en unos ejercicios que, según su experiencia, no han servido de nada.

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Julio Sánchez, vocero de Conred, no contradice a los comunitarios. Afirma que el simulacro tiene como objetivo que los pobladores puedan reaccionar sin esperar a las instituciones. Sin embargo, en aquel ejercicio participaron camiones y helicópteros. El domingo negro, cuando el volcán rugió, los vecinos de La Trinidad apenas disponían de un par de picops propiedad de la cooperativa. Sobre el dinero, señala que los ejercicios fueron financiados por el Comando Sur del Ejército de EE.UU,, quien no intervino en la evacuación.

Dos décadas en terreno de alto riesgo

Una de las preguntas clave en esta historia es cómo esta comunidad pudo levantarse en las faldas del volcán, un territorio peligroso, donde uno se expone a que ocurra una tragedia como la que se desató el domingo. El resto de aldeas tiene una historia más longeva, fueron construidas por mozos colonos a finales del siglo XIX. No es el caso de La Trinidad, con apenas dos décadas de historia y un permiso del Estado para instalarse en las faldas de un volcán.

“La experiencia nos ha mostrado que el problema del acaparamiento de tierra, estas tierras que están en estas circunstancias son las que se dan a campesinos e indígenas. Hay desigualdad en cuanto al ordenamiento territorial. Existen muchas problemáticas en la entrega de tierras. Una de ellas es que no se dan las más adecuadas y otras son sobrevaloradas”, dice Felipe Fuentes, de la asociación Utz Ché, una oenegé que colabora con La Trinidad.

Cuando se instalaron aquí, sabían que lo hacían en un volcán, pero no el grado de riesgo que implicaba. “Efectivamente, nos habían contado nuestros hermanos ubicados en los aledaños (la existencia de un volcán). Sin embargo, nos dijeron que no había sucedido nada hacía tiempo y no consideramos que el problema fuese de la magnitud del que vivimos”, dice Simeón.

Carlos Montejo era uno de los encargados de adquirir la finca, que costó Q12 millones.

“No nos avisaron de que había actividad volcánica”, explica, en una entrevista telefónica. “En marzo empieza a llover, cuando llegamos en abril no se veía hacia arriba, por lo que no nos dimos cuenta y las autoridades no nos lo hicieron ver”.

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Previamente habían querido comprar un terreno en la finca El Faro, en El Palmar, Quetzaltenango. La cercanía con el volcán Santiaguito les hizo desistir.

En este caso, no les advirtieron de nada.

“Cuando llegamos a esta no nos dijeron nada. Yo estuve con Urbano Lorenzo y otros compañeros, pero ni siquiera nos hablaron de que la finca estaba en una zona de alto riesgo. No nos lo hicieron ver. En este sentido, hay responsabilidad de las autoridades. Son los que debieran haber tenido opinión”, explica Montejo.

La compra se negoció con el Fondo para la Reinserción Laboral y Productiva de la Población Repatriada (Forelap), una institución surgida tras los Acuerdos de Paz.

Según datos de Conred, en las faldas del volcán residían unas 50.000 personas en un total de 21 aldeas, de las que siete han resultado con daños. La que presenta un mayor índice de destrucción es la aldea El Rodeo, que colinda con La Trinidad. Ahí se ubicaba San Miguel Los Lotes, que ha quedado completamente arrasada. Falta por saber si se decretará como zona “inhabitable”. En el caso de esta última colonia, lo más probable es que las autoridades terminen considerándola como camposanto y asuman que no se pueden rescatar las decenas de cuerpos que siguen enterrados. Pero falta por saber hasta dónde se ampliará el veto a volver a ocupar los terrenos. La última palabra la tiene el ministerio de Salud.

Dónde ir: la gran pregunta

Pasada una semana de la tragedia, la incertidumbre se extiende entre los vecinos de La Trinidad. “Va a ser necesario mover, por el volcán”, dice Iver Raúl Camposeco, de 18 años. Él es uno de los 40 que se quedan para evitar que los ladrones actúen. El miedo a los robos se ha extendido entre los pobladores de aldeas cercanas al volcán. Se dice que la primera jornada, la del caos, la de la gente quemada intentando salir y la gente quemada intentando entrar, los ladrones aprovecharon y hasta en El Rodeo robaron. Por eso, en La Trinidad han organizado su propia patrulla. Camposeco es uno de ellos, explica, mientras recibe una bolsa con alimentos de los distintos grupos de voluntarios que atraviesan el camino. Hoy está fácil. Días posteriores, la lava volverá a bajar por los ríos y habrá momentos en los que el camino esté cerrado.

“Si hay una mejor finca, nos tendremos que ir”, dice el joven. “El volcán tira arena, cenizas. No se puede trabajar. Estamos buscando otras fincas para estar más seguros”, afirma.

Este es el gran debate en la comunidad. Por el momento han tomado una decisión: quieren permanecer juntos. La destrucción y el miedo provocado por el volcán les hizo temer por una historia que data desde hace cuatro décadas. Han nombrado dos líderes por cada lugar en el que se ha dividido la comunidad: la propia colonia, los albergues de Escuintla y el de Palín.

“Todos los trabajaderos están completamente destruidos. Maíz, frijol, toda la cuestión de producción. Durante un año vamos a sufrir la secuela del volcán. Debemos hacer varias gestiones para una reubicación en mejores condiciones”, dice Simeón Camposeco.

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Lo cierto es que todo se ha perdido. Los campos están cubiertos por una capa de polvo y ceniza y los campesinos creen que ya no se puede recuperar. Según sus cálculos, hasta tres años pueden tener que esperar hasta que puedan vender nuevamente su producto. Así que tienen mucho que reflexionar, porque no quieren permanecer en el refugio más que lo indispensable.

Funcionarios del ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación están inventariando los campos dañados. Pero habrá que ver si se pagan indemnizaciones o se ofrece alternativas a los damnificados. La confianza en el Estado y sus instituciones no es una virtud en Guatemala ni algo de lo que estas se hayan hecho merecedoras.

“Estamos viendo qué hacer. Si ir a la Trinidad o buscar otro lugar. Hay muchos cafetalitos, no hay mucha esperanza de mantener nuestros cultivos y se está viendo cómo resolver”, explica Jesús Miguel Méndez.

Camposeco dice que nunca ha sentido discriminación por su pasado, aunque sí reconoce que, en el terreno, se les conocía como “los guerrilleros”. Por el momento, espera en el albergue de Palín, donde han sido reubicados gracias a un acuerdo entre Utz Ché y la municipalidad.

Una semana después de la terrible erupción volcánica se impone la incertidumbre en la comunidad de retornados que dejó Huehuetenango, se refugió en México y había convertido la ladera del volcán de Fuego en un nuevo hogar del que ya no quieren marchar.

 

Nota de edición: Por error, en el texto original se hablaba de El Rodeo como aldea y como municipio. Es una aldea.

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