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La importancia del tercer nivel de atención en salud en un país violento
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La importancia del tercer nivel de atención en salud en un país violento

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Tipo de Nota: 
Opinión
5 04 17

Read time: 3 mins

En una muy reciente mañana, el cotidiano hacinamiento de la sala de emergencias de adultos del San Juan de Dios se vio súbitamente desbordado. Ingresaron 17 niñas gravemente quemadas. Al mismo tiempo, el hermano gemelo del San Juan de Dios, el Roosevelt, recibía otro tanto de víctimas mortales.

Los médicos de emergencias lidiamos día a día con patologías graves. Atendemos emergencias variadas todo el tiempo. Estamos familiarizados con el dolor, la angustia, la resignación, la vida y la muerte.

En el San Juan de Dios hemos implementado varios protocolos de atención. Uno de ellos es el cuarto de choque, para atender a los más graves. Este protocolo de atención permite que entre 8 y 14 personas trabajen al mismo tiempo para detectar y tratar lesiones que comprometen la vida de una persona. Es un reto atender a una víctima grave. Requiere compromiso, conocimiento, experiencia y voluntad. Atender a 17 personas a la vez requiere de grandes y coordinados esfuerzos, pero en este caso en particular eran niñas quemadas, lo cual rebasa cualquier realidad cotidiana y pone a prueba las mejores capacidades y voluntades del personal. No hay espacio para errores. La perfección, que no es una característica humana frecuente, debe acompañar a los involucrados en la atención de individuos graves, ya que no hay tiempo para una segunda oportunidad. Además de la pericia y del temple del personal, es supremamente esencial para el engranaje de la buena atención que la infraestructura, el material médico-quirúrgico y los métodos diagnósticos con tecnología de punta estén disponibles.

Como ser humano, me inunda un profundo sentimiento de pesar por el hecho de vivir en un país en el que ser mujer es un riesgo, ser niño es un riesgo, ser guatemalteco representa un riesgo. Los niveles de violencia cotidiana nos colocan en escenarios así, al igual que la idiosincrasia misma del país: machista, racista y con altos índices de violencia vinculada al crimen organizado, al narcotráfico, a las pandillas, etc. Es por estas características propias de este lugar en el que vivimos que hospitales como el Roosevelt y el San Juan son el último bastión donde muchos guatemaltecos tienen la esperanza de ser tratados, donde estas 17 niñas, víctimas de una violencia estatal, recibieron una digna y pronta atención.

En esos días se demostró la buena voluntad del personal que estuvo a cargo, que duplicó turnos sin pedir remuneración extra a cambio. Se logró combinar la cabeza fría con el corazón para tomar decisiones basadas en la ciencia, pero acuerpadas por la preocupación y el compromiso por el prójimo.

A pesar de no ser salubrista, estoy convencido de que la medicina preventiva, y sobre todo el enfoque integral y cultural de la salud, debe ser la base de una futura atención mediante la cual se cumpla el sueño de la salud para todos y todas. Pero estas experiencias también reafirman mi entender de la vital importancia de un sistema de hospitales eficiente, en el cual la infraestructura adecuada, los suficientes recursos y un eficiente y capacitado personal sean el común denominador. Estos dos hospitales fueron creados para una población mucho menor que la actual. Es ilógico pretender que se den abasto bajo las mismas condiciones sin cambio alguno. Es momento de reflexionar y de luchar día a día por que los hospitales de la red de servicios públicos compitan con la calidad de los mejores centros privados y por que la salud no sea un privilegio, sino un derecho.

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