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Hecha la ley, hecha la trampa
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Hecha la ley, hecha la trampa

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Tipo de Nota: 
Opinión
4 07 18

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Al mejor estilo vaquero visitó Mike Pence a sus peones en Centroamérica. Sin sonreír advirtió: «Jimmy, Juanito, Chava, avisen a sus chicos que, si entran en mi hacienda, les pesará».

Pence está en su derecho, dicen algunos. A nadie le gustaría que se le metiera gente sin permiso en casa, le causara gasto y, estando allí, exigiera lo mismo que les da a sus hijos. No tendría nada de malo si habláramos de casas, gastos o hijos. Pero no hablamos de casas, sino de tierra. No hablamos de gasto, sino de economía. Y no hablamos de hijos, sino de humanidad. Y la ilegalidad es una quimera inventada.

Porque reclamar la tierra como propia solo funciona cuando ha pasado suficiente tiempo desde el despojo. Y cuando se ha acabado con quienes la ocupaban antes para que no reclamen. Aunque tampoco estos eran dueños. Porque nadie es dueño para siempre de la tierra. Apenas la ocupamos.

Quejarse del gasto causado por los migrantes solo es posible al ignorar el valor que agregan a la economía, al ignorar que quien los recibe no invirtió en formarlos y no debe ofrecerles servicios mínimos o garantías ciudadanas. Quejarse funciona cuando se ignora que son mano de obra fungible que se acepta cuando conviene y expulsa cuando se quiere. Cuando se ignora que huyen del infierno creado por la misma potencia del norte al ahogar nuestra democracia, del infierno que ella misma alimenta apostando a gobiernos mafiosos y demandando insaciable la droga. Solo funciona quejarse cuando se pasa por alto que parte de los gastos son causados por la misma persecución.

No nos engañemos. La visita del vicepresidente de los Estados Unidos blandiendo su big stick y exigiendo que respetemos sus tierras es apenas la soberanía del bully, la eficacia apabullante del might is right (el poder es la razón). Y su contraste, la sumisión servil, es apenas eso: la sumisión del ser vil.

La política, citemos a Von Clausewitz, es la continuación de la guerra por otros medios. Y para algunos la guerra contra el pobre no tiene cuartel, así toque hacerla con la regla de oro, esa que dice que el que tiene el oro pone la regla.

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Y Pence representa esto: el poder del dinero. Representa una nación inventada (como todas) y con derechos inventados (como todas). Una nación fundada sobre esclavitud (como pocas). Una nación fundada sobre el despojo olvidado (como todas). Especialmente, una nación fundada sobre la migración. Como todas. Porque primero hubo tierra sin gente. Luego llegaron algunos a través del estrecho de Bering. Y mataron, comieron y ocuparon. Después llegaron muchos a través del Atlántico. Y mataron, comieron y ocuparon. Ahora, una vez más, llegan algunos a través del desierto. Vaya sorpresa. Y usted me dice que la tierra es derecho inherente. Ingenuo si lo cree. Ingenuo si le creo. Al menos aprendamos a no matar.

Así, con escasa imaginación y menos humanidad (lo mío, lo tuyo, el muro, piénsalo) apenas alcanza para asustar enanos. Sobre todo a esos tan enanos que ni controlan a sus chicos, menos aún a los coyotes. Una pobre imaginación que apenas da para hacer redadas. Una y otra y otra más mientras los migrantes siguen llegando, siguen trabajando en el campo y en las fábricas. Una pobre imaginación que apenas da para sembrar miseria, para separar hijos de madres.

Pero citemos también a Bismarck, que la política es el arte de lo posible. Como le consta incluso a Pence, que tiene como jefe a un incompetente en todo —negocios, políticas, justicia y legalidad—, pero que igual es presidente de su poderosísima nación. Si lo puedes soñar, lo puedes hacer. Así sueñes una pesadilla.

La ola de pobres que huyen al norte no cesará porque Pence amenace (ingenuo usted si lo cree, ingenuo yo si lo creo). Pero el arte de lo posible significa imaginar un mundo en que la ley ampara la migración. Porque esto es lo que hacemos los humanos: migramos. Y esto es lo que podemos hacer los humanos: cosechar para todos la riqueza de la migración. Hacerla segura, justificada y rutinaria. La política como arte de lo posible significa que Jimmy Morales dejará un día de ser presidente y podremos imaginar líderes dignos en una patria que cuida de los suyos. Significa que Mike Pence y su impresentable jefe un día saldrán de la Casa Blanca. Significa imaginar una América cuyos hijos no deban huir, sino que puedan escoger: quedarse o migrar. Sobre todo, vivir.

La visita del vicepresidente de los Estados Unidos blandiendo su «big stick» y exigiendo que respetemos sus tierras es apenas la soberanía del «bully», la eficacia apabullante del «might is right».
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