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Hasta luego, Rodolfo
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Hasta luego, Rodolfo

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Opinión
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Llega un momento de la madrugada en el que sabes que ya todo está perdido. Y sabes que los ejercicios de respiración no tendrán ningún efecto y que las 4:30 de la madrugada no es hora decente para tomar ansiolíticos con whisky. Ya estás lo suficientemente viejo y lo sabes.

Hay que empezar de nuevo en pocas horas y no tienes excusas para obviar lo elemental. Sabes que un mínimo de filo es necesario para escribir. Y sabes que no tienes otra cosa que hacer que no sea escribir. Y sabes que no puedes dejar de escribir.

Y claro que pensar en esto únicamente incrementa el tamaño de la bola de nieve. ¿Alguien lo duda un segundo? Pero lo que te angustia de verdad no es lo que sabes que puedes anticipar: las cuentas, los calendarios, el amor o el odio, las heridas que abres con tus palabras. Todo eso lo sabes, lo calculas, lo dominas. Nada de eso causa verdaderas catástrofes de madrugada. Lo que congela tu alma es la anticipación de lo que no sabes, la gran incógnita, el cuarto oscuro en el que finalmente se revela el desenlace de otra noche sin sueño. ¿Qué está pasando en esta madrugada? ¿Qué pasará en unas horas?

Abres el correo electrónico a las 7:37 de la mañana, cuando la ansiedad se ha convertido ya en horror. El encabezado de Clara despeja la incógnita finalmente: «Falleció Rodolfo Kepfer». Continúa con una nota minimalista de una línea que concluye con un «ojalá estuvieran aquí». Ese es el momento del frío verdadero, cuando el silencio finalmente se hace sho. El momento cuando la distancia se alarga. Termina la ansiedad, pero ahora padeces de separación.

Aún no deseas creer. Sabías que iba a pasar. Tarde o temprano. Nunca quisiste aceptarlo. Ni cuando lo viste en su cama en el IGGS, conectado a enigmáticos tubos que sacaban y metían inexplicables fluidos en su cuerpo, acompañado de miles de otros pacientes conectados a otros miles de tubos que sacaban y metían fluidos en sus cuerpos.

Los mensajes empiezan a circular: Mariel, Karen, Mariel, Liz. Llamo a Juan Carlos: «Rodolfo era maestro, cuate y colega», dice en un tono primordial y desconocido. Todos estamos consternados, hondamente tristes, demasiado impresionados, demasiado solos. Es imposible llorar. Mis ojos están secos. Las lágrimas se las tragó el desvelo, se las robó la noche. Lo único que queda es la memoria, el recuerdo.

10:30 de la mañana en la oficina de Avancso a finales de los años 90. Juan Carlos desayuna un café con champurrada y un Lansoprazol de postre. Yo, un francés con chile y una aspirina. Ambos estamos con resaca. En el umbral de la puerta aparece Rodolfo entusiasmado con un libro de Habermas entre sus finos dedos de psiquiatra, filósofo y loco. Su rostro expresa esa fascinación tan especial que le causan la inteligencia filosófica y la poesía. Un ojo más cerrado que el otro sirve de índex para mostrar su emoción. Nosotros captamos de inmediato.

Media sonrisa. El cuerpo inclinado. Empieza a leer. Después, como desquiciado, nos mira a los ojos. Esperando alguna reacción. Apresuramos nuestros desayunos. Despejamos la garganta con el café. Hablamos por horas que parecen segundos. La teoría fluye inagotablemente. Yo estoy fascinado por el psicoanálisis y mis crisis personales. Juan Carlos, con la filosofía de la liberación y el subrayado compulsivo. Finalmente aparece Toño con su libro sobre anomia. Se incorpora a la discusión. Gustavo pasa frente a la oficina, en dirección al baño. Nos saluda con la ceja y una mirada.

No creo haberlo visto nunca realmente preocupado. Incluso las cosas más serias se rendían ante su ingobernable espíritu. Porque eso siempre estuvo claro. Rodolfo valoraba enormemente ser ingobernable, como uno. Muchos años después, cuando por primera vez me dijo que tenía cáncer, venía con otro libro en la mano cuyo autor no recuerdo. Sus páginas estaban infestadas de subrayados de cinco colores diferentes. Alguna vez le pregunté por el código, pero nunca me lo dijo. Inmediatamente llegó al punto que le interesaba. Leyó ahora una línea. Como esperando que retornáramos en el tiempo. A esos años en el Equipo de Imaginarios Sociales. Yo no podía sacar de mi mente el cáncer recién anunciado. Él ya había volteado la página. «Tenemos que leer más a Spinoza», me dice para luego despedirse.

Los antropólogos tenemos cien años de estar fascinados por el regalo. Especialmente por el regalo no recíproco. Ese regalo en el que se da lo que no se recibe. Sabemos que los lazos de la comunidad dependen de ello. El regalo es la base del mundo. ¿Cuál fue el regalo de Rodolfo? Definitivamente dejó muchos. A cada uno nos dejó algo.

Como psiquiatra ayudó a una cantidad enorme de personas en Guatemala, especialmente a jóvenes recluidos, a quienes ayudó a reencontrar su lugar en un mundo que los negaba sistemáticamente. Contribuyó en peritajes para apoyar en juicios de justicia para pueblos indígenas. A la academia le dejó una cantidad sustantiva de textos de teoría social y política. Abrió discusiones críticas sobre racismo, multiculturalidad e interculturalidad. Dejó horas y horas de trabajo de investigación que realizó en múltiples universidades y centros de investigación. Fue un consumidor compulsivo de libros, que compartía felizmente con sus colegas y amigos. A sus alumnos les entregó todo su conocimiento sin quedarse nada para él. A todos nos dejó amor, fraternidad. A mí me dio los fundamentos para lo que soy ahora. Fue un maestro, uno de los mejores amigos. Me regaló una generación, la suya, sus historias, los clavos. Él, Clara y Gustavo me regalaron un mundo de posibilidades. Me regalaron la esperanza. Rodolfo siempre dio. Era un militante del dar, un entusiasmado de la vida.

Finalmente logro llorar. No hay alternativa.

Hasta luego, Rodolfo.

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