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Estuve en una junta receptora y me pareció tan triste
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Estuve en una junta receptora y me pareció tan triste

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Tipo de Nota: 
Opinión
28 10 15

Tengo 23 años y ya he asistido cuatro veces a las urnas a votar. Dos primeras vueltas y dos segundas vueltas. Además, he participado como miembro de junta receptora de votos esas mismas cuatro veces.

Ha sido placentera la idea de fiscalizar los votos de al menos una mesa, entablar debate con algunos fiscales para la anulación o aceptación de un voto y creer que una actividad así entre amistades rinde buen fruto para la transparencia del proceso. Pero se acabó. No creo volver a participar en mesa. Las elecciones en Guatemala no son una fiesta cívica. Más bien me han parecido un cortejo fúnebre.

Recuerdo cuando acompañaba a mi mamá al centro de votación, donde le manchaban el dedo. También acompañé un par de veces a mi papá a votar bajo la lluvia. Recuerdo que no le importaba que los zapatos se le despintaran. Lo importante era participar y hacer valer un derecho por el cual yo quería apresurarme a ser adulto. Parecía que valía la pena.

«El domingo será una fiesta ciudadana», decían los presentadores calvos en la televisión. Y en los medios escritos enaltecían los colores de los partidos que estaban por participar. Es más: recuerdo que, cuando Arzú competía por la presidencia, en casa los vasos eran amarillos y tenían impresa la flecha azul del PAN. Aún están esos vasos en casa, aunque con el logo ya descascarado.

Las elecciones eran vendidas como una verdadera celebración. Y parecía que en las calles la gente festejaba el simple hecho de asistir a votar. Fue por eso que, cuando alcancé la mayoría de edad y una amiga me invitó a participar en una mesa electoral, en realidad no vacilé en mi decisión. Lancé un sí sin rodeos. Claro que quería participar en ese chonguengue electoral.

Ese primer domingo, al volver a casa, recuerdo estar sentado en el sillón de la sala de mi padre, cansado, escuchando el conteo oficial del TSE. No sentía haber vuelto de una fiesta. Y el sentimiento se repitió en las siguientes tres votaciones. Es más: esta última vez lagrimeé. Uno de los votos para FCN dictaba: «Ya ni modo». No tuve opción: agaché la cabeza, escondí los sentimientos y seguí rayando la hoja. Así toca muchas veces en Guatemala.

UNE versus FCN. El centro de votación se vislumbraba vacío. La gente no tenía espíritu alegre para votar. Según resultados del TSE, casi el 44 % de los empadronados se abstuvo de tener que elegir. Parece que era mejor no acercarse a votar. ¿Qué pasó con aquella fiesta que siguen pintando los medios? ¿Dónde era? No la vi.

Sellé la caja para llevarla al centro de cómputo y salí a la calle. No con un sentimiento de victoria, sino con ganas de encerrarme en la oscuridad de la noche y de quedarme hasta que el luto pasara. Pero no. Habrá que seguir gritando para sacar los sentimientos. Ya basta de guardarlos. Y será mejor buscar el cambio en un país donde los militares van a continuar gobernando.

Pero si algo es cierto es que no todo es luto. He descubierto que hay gente que a pesar del duelo abraza el entusiasmo. Encontré un lugar donde la fiesta ciudadana sí existe y va más allá de la contienda electoral: la plaza central, rebalsada de ciudadanía. Y hay que alistar los rieles y el gaznate para el siguiente convite porque ya se viene. Desde el día en que el nuevo presidente tome posesión recordaremos que de este lado del Estado debe haber fiesta porque hay pueblo.

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