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Estados Unidos vigila

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Opinión
25 06 18

Años atrás parecía una loca idea de ciencia ficción. Hoy en día se dice que ya es realidad: un supersistema de control absoluto de la población planetaria.

El engendro se desarrolló en Estados Unidos en 2002 y hoy, según declaraciones del exespía estadounidense Edward Snowden, sería parte vital de la estrategia de dominación universal de Washington. Conocimiento Total de la Información (Total Information Awareness —TIA—) fue su nombre original. Ello dio lugar a lo que ahora se conoce como el programa Prism, que supera con creces la red Echelon (compleja trama de espionaje mantenida por Estados Unidos y algunos socios, consistente en un tejido de antenas, estaciones de escucha, radares y satélites apoyados por submarinos y aviones espía unidos a través de bases terrestres, cuyo objetivo es controlar todo tipo de comunicaciones mundiales: correos electrónicos, redes sociales, transmisiones varias, conversaciones telefónicas…).

El dispositivo permitiría a la potencia mantener un espionaje total y continuo no solo de las comunicaciones, sino también de transacciones financieras, registros de vuelo, declaraciones de impuestos, venta de paquetes accionarios, movimientos de tarjetas de crédito, archivos médicos de la población mundial, etc. En definitiva, una forma de control absoluto de cada ser humano sobre la faz del planeta, el cual se ejercería no solo sobre sus comunicaciones, sino también sobre sus características biométricas (tramado del iris, huellas dactilares, voz, hábitos motores como la forma de caminar…), lo cual permite un monumental banco de datos universales que posibilita a los agentes de inteligencia buscar por satélite a una persona en cualquier lugar del mundo con velocidad pasmosa.

Rápidamente explicado, el sistema —con su centro de operaciones cerca de Bluffdale, estado de Utah— consiste en una combinación de tecnologías de punta del campo de la informática (entre las que se cuenta una monumental base de datos que permite almacenar información personal de los 8,000 millones de habitantes actuales del planeta, incluyendo videos, fotos y parámetros biométricos de cada ingresado al programa) con la capacidad de localizar por satélite e identificar a seres humanos a distancia por medio de las características biométricas almacenadas. En otros términos, un espía global del que nadie se puede salvar. ¡El panóptico!

Apoyan y complementan la iniciativa un traductor universal que convierte instantáneamente en texto una grabación de voz y que es capaz de intervenir conversaciones telefónicas en cualquier parte del mundo, así como un sistema para interpretar relaciones entre distintos sucesos aislados o aparentemente sin conexión. Detectaría patrones comunes en la actividad de diversas personas, grupos, empresas, movimientos financieros, viajes, compras…, es decir, cualquier movimiento que se quiera investigar.

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Sumados todos estos elementos, el complejo mecanismo de espionaje, según Steven Wallach, antiguo ejecutivo de la Hewlett-Packard y exconsejero del presidente Bush, «podrá asociar una foto de Malasia tomada por un satélite con una llamada realizada en Fráncfort y con un depósito bancario en Pakistán para luego relacionar todos esos elementos con algo que pasará en Chicago», lo cual, obviamente, permitirá actuar en consecuencia.

La imaginación queda corta ante tamaña parafernalia. El poder de la tecnología es subyugante, pero al mismo tiempo ofende a la condición humana: tanta inteligencia puesta al servicio de la delación policial es simplemente una vergüenza en términos éticos.

¿Qué hacer ante todo esto? Esconderse no porque no es posible. Podría parecer absurdo querer enfrentarse a tanto poder. Indudablemente, las condiciones en que quedamos los mortales de a pie ante esta nueva deidad no son muy alentadoras: el superpoder todo lo ve, todo lo oye, todo lo sabe. ¿Resignarse entonces?

La historia no ha terminado aunque se escriba cada vez más con las directivas del ganador. El nuevo dios que se está pergeñando es, en definitiva, un dios humano y, como tal, falible. Aunque lo sepa todo, también tiene puntos débiles: los hackers, por ejemplo. Si algo nos enseñó la modernidad de la mano de Hegel es que «Dios ha muerto». Y quien no murió ni morirá jamás es el espíritu de justicia, que sigue dando vueltas por el mundo.

El poder de la tecnología es subyugante, pero al mismo tiempo ofende a la condición humana.
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