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Epitafio del cacique
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Epitafio del cacique

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Opinión
29 04 18

La repentina muerte del alcalde Álvaro Arzú Irigoyen abre una serie de interrogantes sobre la coyuntura, a la vez que obliga a reflexionar sobre el impacto que en la historia y, en consecuencia, en el futuro político y económico del país han tenido liderazgos que, como el de Arzú Irigoyen, se construyeron a partir del pragmatismo y, sobre todo, de la intuición personal.

Hombre de hablar enérgico, construyó su larga trayectoria política a base de controlar e impulsar a amigos y parientes, a quienes les exigió obediencia más que consejo o alianza, lo que hizo que se fueran quedando esparcidos y alejados durante su no despreciable trayectoria política.

La Guatemala de hoy no se puede entender ni explicar sin considerar las acciones del ahora desaparecido. Ideológicamente criollo, ejerció el poder como cacique, convencido de que en el ejercicio del poder él era la ley y sus subalternos miembros obedientes de su tribu, la que, si en sus años mozos y de mayor poder era amplia y ramificada, con el paso del tiempo se encogió y perdió presencia a nivel nacional, sin por ello perder influencia en decisiones políticas significativas, especialmente cuando en el Ejecutivo se necesitaba de su virulencia verbal o de su manejo de redes de información secreta.

Si su obra más conocida es la firma de la paz con las fuerzas insurgentes, esta no puede entenderse sin los esfuerzos del anterior gobierno de Ramiro de León y de su negociador Héctor Rosada. Pero Arzú exigía todos los reflectores para sí mismo, por lo que su narrativa sobre el hecho se centra no en su deseo de construir una sociedad equitativa y, en consecuencia, en paz, en la que las causas del conflicto fueran solucionadas y superadas, sino en la simpatía que por él sintió uno de los comandantes porque, como acostumbraba decir, él si era hombre de palabra.

No era, pues, la paz, sino su paz, a su modo, a su sabor y antojo, con él como el poderoso actor, incapaz de recoger en sus propias manos el informe Memoria del silencio, de la CEH, molesto por datos que ya en el Guatemala nunca más la ODHA había presentado.

O era él el importante o prefería dar la vuelta y marcharse. Enemigo de la transparencia y de la información, a quienes menos respetó fue a los periodistas. La información la entendió siempre como adulación, y nunca como un acto de prestación de cuentas en la que logros y errores debían ser presentados por igual. Aficionado a la manipulación de la información, facilitó la constitución y consolidación del monopolio televisivo y radial de Ángel González. Que Guatemala, como lo muestra el último informe de Reporteros sin Fronteras, se encuentre entre los países donde la libertad de prensa sea más que limitada es por obra y gracia de esa manera autoritaria de entender la comunicación.

Sin capacidad para la negociación, hizo política con la idea del todo o nada, dejando a los demás hacer y deshacer, siempre y cuando los éxitos fueran para él y los errores y fracasos de los otros. Por ello hizo del PAN la primera gran franquicia electoral, sin más ideología que un neoliberalismo a la criolla, atado de arriba abajo al anticomunismo emelenista, del que nunca pudo sacudirse del todo.

Los amigos debían quedar a su zaga, y no a la par. Tanto en los paseos en moto como en la vida política. Por ello no pudo caminar en alianza cuando su amigo Óscar Berger asumió la presidencia. O era su segundo o no había posibilidad de trabajo conjunto. Eso hizo inviable a nivel nacional su Partido Unionista, convertido por casi dos décadas en un comité cívico capaz de mantenerlo en la alcaldía de Guatemala, pero sin posibilidades de mayores vuelos políticos.

Refugiado en los aspectos más conservadores de la ideología emelenista, con el «Dios, patria, libertad» como enseña, fue perdiendo el tenue barniz democrático que debió mostrar cuando presidente para concluir en un abierto y descarado autoritarismo en sus últimos años como alcalde, como lo atestiguan las distintas demandas presentadas por sus amenazas y ofensas a vendedores ambulantes. Con una innegable vocación por el poder, no se le podrá recordar como democrático.

Su desaparición en esta coyuntura deja a poderes reales y fácticos huérfanos de orientación y respaldo. Su hijo, presidente del Congreso, habrá perdido la principal y fundamental motivación que le proveyó apoyos para llegar al cargo: salvar a su padre del juicio necesario por sus abusos e irresponsabilidades en el manejo de los recursos de campaña y, quién quita, en la gestión municipal financieramente opaca que por más de 15 años ejerció. Serán sus sucesores quienes deberán ahora enfrentar las responsabilidades administrativas y penales sin contar ya con el violento proceder de su jefe.

Pero puede que quien más lamente su ausencia sea el actual presidente de la república. Arzú no solo lo azuzó para mostrarse autoritario y escapar abusivamente de la justicia. Lo proveyó también de consejos, recursos y operadores que, ante su deceso, perderán coherencia y, para tragedia del país, es muy probable que intenten actuar como radicales libres que, al faltarles la fuerza de cohesión del cacique, puede que se enfrenten y provoquen mayor desgobierno que el que hasta ahora hemos vivido.

Los muertos ya no se cansan ni descansan. Son inmediatamente convertidos en pasado, en referencias, extrañados con afecto, tristeza y nostalgia por familiares y amigos y, cuando son personajes públicos, evaluados críticamente por los historiadores y exaltados en exceso por sus beneficiarios. Arzú ocupa ya un importante lugar en la historia política guatemalteca del siglo XX. La ciencia de la historia determinará sus luces y sombras.

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