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El problema no fue el sexo: reflexiones sobre el acoso desde la experiencia propia
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El problema no fue el sexo: reflexiones sobre el acoso desde la experiencia propia

Nunca me obligó ni me violó, pero yo no me sentía convencida ni a gusto. Sentía como si era algo inevitable, algo a lo que tenía que rendirme.
Me tendí una trampa a mí misma, esa que es tan común entre nosotras herederas de la liberación femenina del siglo XX
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Tipo de Nota: 
Información
Texto
/ Ilustración: Sandy Revolorio

Tiempo aproximado de lectura: 28 mins

La socióloga y politóloga Leslie Lemus reflexiona en este ensayo sobre el acoso, sobre la sutileza con la que algunos hombres ejercen el poder y sobre cómo las mujeres, sin percatarse, asumen una domesticación. Lo escribe desde la propia experiencia.

 

Pero lo esencial es la multiplicación de discursos sobre el sexo

en el campo de ejercicio del poder mismo


Michel Foucault

La incitación de los discursos en Historia de la sexualidad I

 

#Metoo: Introducción

El año 2017 estuvo plagado de momentos disruptivos de denuncia individual y colectiva sobre acoso sexual, tal parece que esta ola ha de continuar. Una de las consignas básicas de esta movilización global ha sido publicitar los nombres de los agresores con la finalidad de poner límites a su actuación y comportamiento. 

A nivel personal, lo acontecido ha sido una provocación para retomar lo que un día me prometí a mí misma que haría: hablar y nombrar. Por supuesto tengo muchas ganas, pero quiero hacerlo de una forma creativa. No quiero hacer catarsis, esa la hice muchos años atrás con el acompañamiento de amados y amadas que me ayudaron a sanar. No pretendo hacer una denuncia, aunque apoyo esa agenda no es de mi interés convertirme en abanderada de la causa, así que no usaré nombres en el texto. He tomado esa decisión porque a pesar de que estoy convencida de que es momento de romper silencios, no siento que existan suficientes condiciones de seguridad. Y es que no denuncié en el momento de los hechos porque temí que no me creyeran, o bien convertirme en carne de cañón para minar la reputación del responsable -dado que ha sido figura pública-. Debo decir que temí el descreimiento incluso de las compañeras feministas, porque esta persona -hombre- goza de prestigio y buena prensa en esos círculos en Guatemala por su supuesta postura progresista acerca de derechos sexuales y reproductivos.

La verdad es que escribo para recuperarme a mi misma, para reivindicarme. Escribo para desmenuzar mi experiencia, para descubrir los matices de la historia y discernir aquello que en este tipo de situaciones nos coloca a nosotras de un lado y a los agresores de otro, no es un asunto individual sino sistémico. Con este ejercicio no pretendo moralizar, antes bien es una reflexión en voz alta, precisamente para ganarle al silencio. Ojalá y también sirva para compartir el diálogo y reflexión. 

Atracción, seducción y repulsión

Conocí a B. cuando yo tenía 15 años. Desde chica me enrolé en distintos activismos, uno de ellos la defensa de la educación pública. Le conocí en uno de estos espacios. Él como responsable de procesos relacionados con política pública, yo como dirigente estudiantil. Conozco a mucha gente desde aquel entonces -hombres y mujeres- y conservo buenas relaciones hasta la fecha. 

Años después reencontré y reconocí a B. en la universidad. Incluso llegó a ser mi profesor. Como tal, le respetaba y le admiraba. Sus clases me parecían estimulantes y conocí autores que hasta el día de hoy son un referente para mi pensamiento. Por supuesto, B. me parecía atractivo por el despliegue de su intelectualidad, pero no le consideraba parte de mi universo erótico o afectivo. Creo que en ese momento la asimetría era contundente -él profesor/adulto y yo estudiante/casi adolescente-. Valga decir que de manera intencional nunca he querido posicionarme en juegos de roles de dominación. Por su parte, nunca advertí intento alguno de seducción, más que el persistente diálogo intelectual (¡incluso me prestaba libros!), pero eso se supone que es la actividad común en un espacio académico.

Otra vez, pasó el tiempo y volví a coincidir con B. Esta vez en un espacio laboral. Yo tenía 26 años. Valga decir que a lo largo de los años me encontré con él en distintos lugares públicos y siempre me dio gusto saludarle porque para mí era un admirado profesor. Pero ahora se trataba de una relación constante y cotidiana, jerárquica pero cercana, él era jefe y yo empleada. Debo reconocer que su estilo de liderazgo era errático, sus ideas eran interesantes, pero quienes las concretábamos y materializábamos generalmente éramos otras… ¡sí, otras! Claro que había hombres en el equipo, pero nuestras posiciones y roles nunca estaban del todo claros y hacía que las relaciones entre pares fueran un tanto confusas y con frecuencia tensas. Siempre debíamos esperar a que la brillante mente de nuestro jefe nos diera indicaciones -no siempre precisas- [sarcasmo]. La excusa para la improvisación era que estábamos todos(as) en el momento de nacimiento de un proyecto y “había que ser flexibles”, ciertamente esto daba lugar a arbitrariedades (las suyas).

En ese contexto a mí me trataba como “personal de confianza” y como alguien afín a sus inquietudes y labor intelectual. Insistía en hacerme saber lo “especial” que era y lo “diferente” de mi estatus frente al resto. Claro, eso me lo decía a mí en privado. En público yo tenía que trabajar como los demás e incluso más porque me sentía comprometida con el proyecto de un modo que iba más allá de lo salarial, estaba implicada subjetivamente. Además, como “buena” guatemalteca, tengo un sentido del trabajo y la responsabilidad exacerbado (autoexplotación o workholismo). Nunca me creí su discurso porque genuinamente no me hacía falta, tengo un sentido muy alto de mi valía intelectual y laboral. Sin embargo, por donde se ganó mi corazón fue en el trato horizontal, “humano” y la camaradería con quienes éramos cercanas… ¡sí, cercanas! 

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La mayoría de quienes integrábamos el equipo éramos mujeres con ciertos rasgos comunes: inteligentes, trabajadoras, de recias personalidades, fuertes. Como líder no necesariamente fomentaba la cooperación y colaboración entre nosotras, más bien nos compartimentaba. Todo era muy sutil, he ahí lo difícil de reconocer o anticipar la violencia. Me tocó presenciar y vivir situaciones desagradables de competencia. Hubo mucha simulación e hipocresía entre nosotras. Ahora puedo reconocer que todo esto fue manipulación. Incluso, me atrevo a especular que del mismo modo en que a mí me “doraba la píldora” en privado lo hacía con las compañeras, muchas de ellas convertidas en sus aliadas en las agresiones hacia las otras.   

En el acoso lo sexual fue lo de menos

Dadas las experiencias, reflexiones y decisiones que he tomado a lo largo de mi existencia en lo que respecta a mi cuerpo y la dimensión sexual de la vida, soy una persona que desde muy temprana edad ha podido hablar de estos asuntos con libertad e incluso con cierto desparpajo. En el espacio laboral compartido, en el que B. ocupaba una posición de poder, tuvimos que hablar infinitas ocasiones sobre cuestiones de sexualidad (derechos, prácticas e identidades). Genuinamente siempre me tomé estas conversaciones como asuntos intelectuales y políticos, no como cuestiones personales (¡Oh que ingenuidad, lo personal es político! -sarcasmo para mí misma-).

A partir de haberse habilitado los temas sexuales en la conversación cotidiana y en colectivo con otras integrantes del equipo, también trascendió a las conversaciones privadas. Llegó a hacer comentarios sobre mi vida sexual (mi pareja, mis deseos, etc). En ese momento no supe como evadir esos asuntos en ese espacio privado, porque además se jugaba la “cercanía amistosa” que él desde su posición de poder había habilitado.

Pasaban cosas muy raras, yo intuía que no estaban del todo bien, pero no sabía cómo nombrar o identificar lo que pasaba. De improviso me llamaba a su oficina a leerle textos de teoría o filosofía en voz alta -una demostración de control sobre el cuerpo-, una vez incluso me hizo leer un pasaje misógino de San Agustín. Con la excusa de las urgencias del trabajo me llamaba a altas horas de la noche o enviaba mensajes de texto en fin de semana. Con los meses ocurrieron llamadas extrañas. En una ocasión me hizo hacer un Skype -él en su oficina personal y yo en la del proyecto-, él parecía un poco ebrio, tenía la camisa medio abierta y de una manera sutil me hizo saber que acababa de tener sexo con alguien en donde se encontraba, la conversación siguió sobre asuntos de trabajo como si no pasara nada. 

Empecé a advertir coqueteos, en ocasiones participé de estos pues me sentía atraída por su lado amable -los libros, las conversaciones, insistía en ofrecerme sus redes para continuar mi formación académica, etc.-. Intentaba aparecérseme como una especie de “padrino” intelectual y protector. Sin embargo, había una línea que yo no deseaba cruzar, en lo profundo de mi ser tenía muy claro que se trataba de una relación desigual de poder.

En una ocasión me llamó, estando en la oficina del proyecto y él en otra parte, con un tono de molestia y reprobación por algo que no estaba saliendo bien en el trabajo. Hablamos largo rato para buscar soluciones y la conversación decantó -no sé cómo- a los años de la universidad. Acabó reclamándome que nunca “le hice caso” porque, según él, yo estaba con otros profesores (no sólo académicamente). Quedé estupefacta, no sabía qué hacer con esa información y me generó mucho estrés. Esperé a verle en persona para tener ocasión de una conversación franca y esclarecedora, eso nunca pasó. Durante semanas sentí que toda la gestión emocional de lo que había ocurrido con esa conversación era algo que me correspondía a mí. Acepté ese “hacerse los locos” y traté de simular que no había pasado nada, continuar con el trabajo.

Muchos meses después, continuando con la dinámica descrita (actuando de un modo seductor, pero haciendo como si nada pasara), me llamó a su oficina y me soltó la “sopa”: yo le gustaba, quería estar conmigo sexualmente pero no podía “comprometerse” a nada. Me estaba proponiendo un amantazgo, sin usar necesariamente esas palabras sino puro eufemismo. Personalmente, no tengo una posición moralista respecto a este tipo de vinculaciones. Sin embargo, tengo -y tenía muy claro- que es una práctica extendida y socialmente legitimada entre varones heterosexuales que mantienen acuerdos monogámicos con sus parejas -que las obliga a ellas, pero no a ellos-, y en las que las mujeres involucradas acaban siendo estigmatizadas. Es decir, se trata de relaciones desiguales, y en este caso la asimetría era brutal. 

Dudé, pero accedí -claro, en el contexto descrito-. Nunca me obligó ni me violó, pero yo no me sentía convencida ni a gusto. Sentía como si era algo inevitable, algo a lo que tenía que rendirme. Recuerdo haber tenido una sensación de desempoderamiento subjetivo tremenda, de no poder decir ¡NO! Tuve una sensación de vacío y unas ganas enormes de terminar con toda la dinámica. Me sentía rara, quería irme, pero no sabía cómo porque tenía un sentido del deber para con el proyecto y también había puesto mi corazón en ello. 

El abuso de poder

Los días que siguieron intenté poner distancia (amablemente). Me contaba a mí misma un relato (un cuento pues): como había sido yo, en mi adulta voluntad, la que había decidido involucrarme entonces también tenía la libertad de cesar el vínculo. No comentaba nada y hacía como si todo se tratara de trabajo, no sentía que fuera posible hacer explícito mi sentir. Evitaba quedarme a solas con él. Lo advirtió y le causó extrañeza. Volvió a ser excesivamente amable. Me sentía como una presa a la que van a cazar. Era un reto de resistencia (¡sí, muy estoica! -otra vez estoy siendo sarcástica conmigo-). 

En esa dinámica pasó cerca de un mes. Me sentía fuerte y clara, capaz de separar las cosas. Mientras observé con atención y abrí muy bien los ojos. Me di cuenta de varias cosas. Ahí fue que caí en cuenta que éramos un equipo de trabajo feminizado, todas en torno a él y los otros varones generalmente relegados. También puse cuidado en el trato que tenía con las otras -a veces amable y cercano, otras distante y de minusvaloración-. Se me hizo claro el juego de competencia que había entre nosotras. Me enteré de rivalidades y peleas que había entre algunas -incluso de no dirigirse la palabra-.

Como llegué a sentirme bien y “dueña de la situación”, me sentí confiada y volví a pasar tiempo a solas con él en su oficina personal y la del proyecto. Volvió a pasar. Al día siguiente, empezó a tratarme mal -no de un modo explícito-. Me quitó responsabilidades, ordenó que me bajaran el salario -pero no se hizo cargo de esto sino culpó a la responsable de administración-, empezó a darme tareas secretariales -después de ser colega intelectual (sarcasmo)-. Me golpeó donde más me iba a doler: el trabajo. Creo que después de ese último encuentro, supuso que ya tenía control sobre mí. Dejó de ser cercano y comenzó a ignorarme, evadía mi mirada. 

La huida para salvar la integridad

Me tomó algunos días advertir lo que estaba pasando. Viví con mucho estrés, tenía dificultades para dormir y lloraba todo el tiempo. Sentía que este hombre tenía el deseo de destruirme, de doblegar mi voluntad. Sentí agonizar por dentro, sentía ahogarme. Todas estas fueron las señales inconfundibles de que debía salir de allí. Estaba en juego mi integridad psíquica y mi salud mental. 

Para irme me preparé. Volví a la práctica de artes marciales, eso me devolvió certeza sobre mi cuerpo, centró mi mente, me permitió enfrentar mis rabias y miedos, también me dotó de una comunidad espiritual -mis hermanos(as) Shaolin-. Me dediqué a compilar todos los documentos físicos y digitales a mi cargo, pues tenía que asegurarme que no iban a culparme de errores estratégicos en el proyecto -como me relegó, tenía tiempo suficiente para hacerlo-. También pelee la rebaja salarial. 

Un día, casi un mes después de haber tomado la decisión, lo confronté y presenté mi renuncia. Su reacción: se asustó, pero quiso persuadirme. Al ver mi negativa y determinación, desapareció de la oficina y dejó a cargo a su segundo a bordo -F.-, a quien vi para recoger mi carta de “recomendación”, con esto me aseguraba que no iba a usar el marco institucional para bloquearme profesionalmente. A F. también le conozco desde mis 15 años, así que hablé lo más claro que pude: 

-No, no me voy por la rebaja salarial. Usted me conoce desde los 15, así que sabe que no hago las cosas por dinero, pero también es cierto que es una falta de respeto haberme hecho eso. Tampoco me voy descontenta con el proyecto o el equipo. Me voy por B. Por respeto a mí me ahorro los detalles, pero usted sabe lo que B. hace. 

A esas alturas F. estaba estupefacto, sólo alcanzó a desearme buena suerte.   

No soy víctima, pero fui violentada

Me disgustan los relatos de víctima. Me molestan porque para que se reconozcan los agravios la “buena víctima” tiene que ser pasiva y “bien portada”. A la “buena víctima” le “hacen” cosas, ella no hace nada. Siempre he tenido sospecha de esas narrativas porque restan agencia.

Cuando salí de ese lugar, de ese proyecto -por el que tuve que hacer duelo porque le quería-, de ese equipo -por ese lado me sentí aliviada-, afortunadamente tuve las condiciones y me entregué con todo mi ser al proceso de sanación. Lloré, rabié, examiné, finalmente perdoné -sobre todo a mí misma-. 

No me cabe la menor duda que fui violentada, que este hombre es un abusador. Pero el abuso no radicaba exclusivamente en lo sexual, eso era instrumental. El abuso fundamentalmente fue psicológico. Él no es un enfermo, es un hombre criado en esta cultura y a lo largo de su biografía cultivó la misoginia que caracteriza su comportamiento -también hay agencia-. Él manipuló y para ello usó cosas que para mí eran importantes: el trabajo y mi implicación con el proyecto, mis inquietudes intelectuales y académicas, mi libertad sexual y la importancia que le doy a las relaciones humanas horizontales. Respecto de esto último puedo decir que sé distinguir, he tenido relaciones de cercanía y amistad con quienes en algún momento han sido mis jefes(as). Nunca me sentí abusada como en esta ocasión y sé que la diferencia entre este hombre y esas otras personas es que siempre respetaron mi espacio vital -tiempo, cuerpo, pensamientos-.

Sería ingenuo creer que el propósito de infligir este daño es simplemente el disfrute sádico por vernos a nosotras -y en este caso a mí- sufrir. Aquí está el quid del asunto. Estas son prácticas extendidas tanto en lo público, privado e íntimo porque son útiles, otorgan réditos a quienes las llevan a cabo. A partir de situaciones como la que he descrito, un sinfín de personajes -casi siempre masculinos, pero no exclusivamente- logran controlarnos y reducirnos, extraer nuestras ideas y hacerse del producto de nuestro trabajo. En suma, buscan explotar nuestra energía vital (existen largas y profundas reflexiones sobre cómo los afectos son utilizados para explotar a las mujeres, no abundaré aquí, pero me parece importante señalar que estas son las referencias que me ayudaron a explicarme lo ocurrido). 

Con los años he acompañado solidariamente/sororamiente a otras que han vivido experiencias similares, especialmente en relaciones de pareja. Mi propia experiencia me ha permitido ser amorosa con ellas, cuando todo alrededor las culpaba y responsabilizaba. La experiencia de las otras me ha mantenido en la constante reflexión sobre estos asuntos, también me ha permitido darme cuenta de que esto no es un asunto individual sino socialmente extendido. El diálogo y la mirada mutua han nutrido mis respuestas y también me han planteado preguntas.

Creo que uno de los cuestionamientos fundamentales que me he hecho es ¿Por qué lo permití? ¿Por qué lo permitimos?... Sí, creo que hay una dimensión en la que nosotras debemos vernos y asumir responsabilidad (que no es justificación de la violencia ejercida por otros). Al revisar una y otra vez esta experiencia, encuentro una respuesta brutal: la DOMESTICACIÓN.  

Clarissa Pínkola Estés, en Mujeres que corren con lobos, se refiere a la domesticación de las mujeres como un proceso de aletargamiento de los instintos y pérdida de la voluntad propia. He recuperado esa idea para entender lo que a mí me pasó. La autora explica que la domesticación es llevada a cabo por la cultura -la sociedad, la familia, etc.-, pero ella también nos invita a nosotras a romper con esta -en lo individual y colectivo-. 

En esta experiencia he encontrado los rastros de mi domesticación. Primero, en el hecho de no saber decir ¡NO! y poner límites. En ser “demasiado buena”, de acuerdo con las palabras de Pínkola Estés, condescendiente y autosacrificada al poner a otros y al trabajo por encima de mí. En querer agradar y no importunar, vienen a mi mente las tempranas críticas de mi madre por tener “ese carácter” -fuerte e irreverente- y las múltiples voces que a lo largo de mi biografía insistían en que “no debía pelear tanto”. En la dependencia de la mirada aprobatoria de un “otro” masculino. En la culpa por mis deseos, anhelos y búsqueda de libertad vital y sexual. En suma, en la misoginia internalizada, esa que también noté en la conducta de mis compañeras de trabajo y en nuestra forma de relacionarnos con desconfianza. Ha sido una tarea larga de trabajo personal reconocer los demonios y mounstros internos… ¡sí, yo acudí a mi propia tortura!... pero he vivido para contarla y ojalá hacer algo provechoso/hermoso a partir de ello.

Además, me tendí una trampa a mí misma, esa que es tan común entre nosotras herederas de la liberación femenina del siglo XX, me creí Superwoman. Pensé que tenía los suficientes recursos para enfrentar a quien me agredía en sus propios términos y en su cancha. Creí que podía vencerle. Creí que podía transitar ese túnel y salir invicta -sin daño alguno-. Obvié que esto era una relación desigual de poder y me coloqué en situaciones de riesgo. Es más, en un ejercicio de autocrítica, creo que intenté ejercer el mismo tipo de poder.  

Lo que deseo y he buscado para recuperar, para hacer la vida "a mano"

Pínkola Estés se refiere a la “vida hecha a mano” como aquella que construimos autónomamente, con sus parches y colores, que no viene en moldes ni depende de prescripciones. En esta cultura tanto a hombres como a mujeres, heterosexuales y disidentes nos pasa que tratamos de encajar con roles y etiquetas. Esta es una invitación a vérnosla con lo que viene, sin recetas ni guiones. A mí me gusta mucho, se parece a la libertad que anhelo. 

Después de lamer mis heridas y verlas sanar, empecé a salir al mundo. Como los lobos y lobas del libro de Pínkola, empecé poco a poco a sacar una patita primero y otra después. Recuperé la confianza en mi cuerpo, primero con las artes marciales, luego con el baile y ¡volví a gozar de mi sexualidad! En el camino encontré cómplices con quienes me dispuse a la reflexión y experimentación lúdica, erótica, sexual y afectiva, profundamente política en el sentido amplio de hacer la vida en común y crear nuevas formas de relacionamiento. Volví a sonreír. Mi vida creativa cobró nuevo impulso, la escritura especialmente pero también vinieron nuevos “poderes”. Valga decir que después de todo lo vivido me declaré feminista. En primer lugar, porque fui acompañada en mi sanación por muchas de ellas. En segundo lugar, porque las herramientas conceptuales del feminismo me ayudaron a comprender lo que había vivido (y nombrarlo).

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Del trauma me quedó cierta desconfianza hacia los seres masculinos, por fortuna nunca fue total y siempre me ha ganado la curiosidad por conocerles más. Usando las metáforas licantrópicas de Pínkola Estés, me acerco y olfateo, si se ponen punks también rasguño. No, no odio a los hombres. Con muchos de ellos mantengo vínculos de diversa índole que nutren mi vida. Últimamente he conversado con algunos y esto me ha servido para darme cuenta de que, al igual que nosotras, andan con la brújula descalibrada. 

A propósito del boom de las denuncias de acoso, andan medio asustados y molestos, aunque reconozcan que hay formas de violencia específicas contra las mujeres con las que no necesariamente están de acuerdo. Al respecto, me gustaría decirles que se hagan cargo y no se victimicen, antes bien éntrenle a la reflexión profunda de las violencias -brutales o sutiles- que ejercen en su cotidianeidad incluso hacia ustedes mismos. 

No creo en el disciplinamiento de los agresores, es más, creo que algunos no tienen remedio (y tampoco la intención de cambiar). Sin embargo, a quienes estén en la disposición de autorreflexión y el diálogo les invito a cuestionarse algunas cosas. En primer lugar, ¿Cómo nos conciben a las mujeres? ¿Somos realmente humanas? ¿Somos sus pares? o simplemente ¿somos objeto de conquista y posesión? ¿Cómo conciben a todo/a aquel/aquella que no encaja con vuestra preferencia sexual? En esto radica la condición de posibilidad de romper las asimetrías que subyacen en muchas formas de violencia.

Luego, a propósito de las preocupaciones por la moralización de los intercambios eróticos que han manifestado incluso algunas mujeres, creo que debemos recordar que con frecuencia acudimos a estos cargados(as) de dobles estándares y establecemos comunicaciones opacas. Por ejemplo, ustedes, hombres heterosexuales, han aprendido que tienen que mentir para obtener sexo. Nosotras hemos aprendido que hay que decir “no” y hacernos las “difíciles” cuando en realidad queremos decir “sí”. Muchas veces hemos llamado “puta” a la que dice “sí” (porque quiere y le da la gana). ¿No les parece todo tan ambivalente? ¿No tienen ganas de transparentar las cosas y tener comunicación directa? ¿No tienen ganas de sentirse bien con ustedes mismos y con nosotras? ¿Se dan cuenta que tenemos un desfase de códigos? Muchas acusaciones de acoso van de esto -ustedes agresivos/lanzados y nosotras desvalidas/expectantes-. Es importante discernir para no banalizar. El acoso sexual no tiene nada de erótico, no tiene que ver con placer o deseo, es una reafirmación de desigualdad y una demostración de abuso de poder. 

Postdata

Sobre todo lo escrito, me encuentro en múltiples reflexiones. Para ello rescato la propuesta de una querida ‘cucaracha voladora’: restémosle solemnidad al asunto, recurramos a la irreverencia y la picardía, quizá sean herramientas más efectivas para romper aquello que nos constriñe y nos “domestica”. Por mi parte tengo una fuerte convicción: ¡No volveré a aceptar ninguna domesticación! 

Espero encontrarles en el camino a todos, todas y todes…

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