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El fraude procesional del Ejército
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El fraude procesional del Ejército

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Tipo de Nota: 
Opinión
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Concluida la conmemoración de la pasión de Cristo, con su feriado veraniego de por medio, es indispensable llamar la atención sobre los riesgos que para la incipiente y maltratada democracia del país tiene que el Ejército se asuma practicante de una confesión religiosa, con expresiones públicas que nada tienen que ver con las funciones específicas del Estado.

Uno de los principales logros de la revolución liberal fue la separación total y absoluta entre el Estado y la religión. Con ello se consiguió que los ciudadanos pudieran asumir la creencia que mejor les pareciera. Se estableció así la libertad de culto, necesaria e indispensable para el ejercicio real de las libertades de opinión y de creencia.

La laicidad del Estado es tan indispensable como la separación entre poderes y la estricta y efectiva apoliticidad del Ejército. Sin el cumplimiento riguroso y estricto de estas tres condiciones de manera cotidiana, no es posible siquiera imaginar que todos, absolutamente todos los ciudadanos podrán ser tratados por igual: el anhelo y sentido de toda democracia, al menos de la llamada representativa y liberal.

Es en los Estados laicos donde se ha fortalecido la democracia y alcanzado mayor bienestar para la inmensa mayoría de sus ciudadanos. Es en los Estados teocráticos o amparados por corrientes religiosas donde mayor discriminación y exclusión social existen.

Con una rápida mirada a nuestra historia republicana, es fácil notar que, cuando los detentores del poder hicieron apelaciones religiosas y presumieron de cubrirse bajo sotanas o biblias, lo hicieron para favorecer los intereses de un pequeño grupo contra los de las mayorías, esconder sus corruptelas y justificar su autoritarismo y sus crímenes contra la humanidad. Así fue con los que impulsaron y utilizaron a Rafael Carrera durante 41 años, con los que derrocaron a Estrada Cabrera, con los que traicionaron y derrocaron a Jacobo Árbenz y con los que se impusieron por la fuerza con Ríos Montt, por citar apenas los ejemplos más notorios.

El reciente intento de aprovechar la manifestación de un grupo de mujeres para cobrarle facturas políticas al procurador de los derechos humanos y conseguir impunidad para algunos es un claro ejemplo de ello, que con toda responsabilidad y honestidad fue denunciado por la conferencia episcopal de la Iglesia católica romana, lamentablemente no secundada por los responsables de las Iglesias protestantes más organizadas del país.

Es por ello que la procesión del cuarto domingo de Cuaresma, desde hace algunos años organizada por la Guardia de Honor del Ejército de Guatemala, en la cual participan distintos destacamentos militares y policiales, debe ser objeto de alarma y suspendida en los próximos años.

Nadie puede negarles a soldados, a oficiales, a policías nacionales o municipales de tránsito su derecho a practicar la religión que les convenga, pero bajo ningún punto de vista la actividad puede ser organizada en y desde las fuerzas militares, en tiempo de servicio y portando sus insignias y uniformes, que son para desarrollar sus labores públicas, y no para practicar un determinado culto religioso.

A quien más le conviene la suspensión es, precisamente, a la Iglesia católica romana. Hace 35 años los sermones moralizantes de Ríos Montt indispusieron a la feligresía católica y a otros ciudadanos. Los cargos públicos fueron otorgados, en muchos casos, en función del credo religioso, y no con base en capacidades, y las prácticas católicas fueron objeto de crítica y hasta de burla. De estimularse la catologización del Ejército, mucho de eso puede llegar a suceder de nuevo.

Si hoy se aceptan procesiones y desfiles militares con insignias religiosas, al poco rato podemos tener, dentro y fuera de esas instituciones, que tienen el poder de la violencia, la persecución de los no practicantes al clásico estilo de las teocracias musulmanas.

Siendo una actividad estimulada y promovida desde las altas autoridades militares, es evidente que año tras año se intensificará el fanatismo católico dentro del Ejército y las fuerzas policiales, por lo que, si por un lado podemos correr el riesgo de la sectarización y manipulación de las fuerzas armadas y policiales, también podemos prever un rechazo extremo a esas fuerzas y creencias por quienes no las practican, lo que conduciría a un enfrentamiento religioso innecesario, pero de altos costos sociales y políticos, del que serán directamente responsables obispos y generales si no hacen cumplir cuanto antes la laicidad del Estado, del Ejército y de las fuerzas del orden.

La laicidad del Estado y, sobre todo, del Ejército nos beneficia a todos. La manipulación de las creencias desde el poder militar solo traerá dificultades y problemas en el corto y mediano plazo. Ojalá la Conferencia Episcopal de Guatemala, que ha dado muestras de mucha mayor sensatez e inteligencia que los altos mandos del Ejército y de la Presidencia de la República, actúe en consecuencia y apueste por la paz y el respeto irrestricto de la ley.

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