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El censo en los tiempos del cólera
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El censo en los tiempos del cólera

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Tipo de Nota: 
Opinión
2 08 18

Read time: 3 mins

Cuando recién arrancó el censo, comencé a gritar en redes sociales que quería que me censaran «a fuego lento», que me censaran «a calzón quitao», que me censaran «empezando lento y después salvaje». Propuse de todo, censo oral, un censo rapidito, un censo mañanero. Las propuestas censales se multiplicaron: había de todo, menos censo por detrás porque siempre cuido la retaguardia.

Dejando de lado la jodedera y la broma, en verdad me sentía muy ilusionada con el censo y con el hecho de ser censada. Tengo 52 años y nunca en mi vida de adulta he sido censada, de modo que moría de ganas de contar en las estadísticas nacionales y mundiales, de ser un dato más, de que se me identificara como población urbana, de sexo femenino, desempleada, casada, con dos hijas, residente de la zona 15, mestiza y parte de la cúspide de la pirámide de población que en 10 años más (antes de que se haga el siguiente censo) será población dependiente. Obsesiones de economista, me dijo un amigo.

El año pasado estuve colaborando en un proceso de planificación estratégica de los nodos urbanos. Nuestra herramienta básica eran los datos de población del censo anterior (2002) y las proyecciones existentes. Tuvimos que acostumbrarnos a ver tendencias más que valores absolutos, ya que las proyecciones rondaban los 15 años, además de que los datos desagregados a nivel local presentaban un mayor margen de error. Planificar una urbe sin datos confiables y precisos resulta ser una tarea desgastante. ¿Cuántos centros educativos se deben planificar? ¿Cuántos hospitales deben existir? ¿Son suficientes las fuentes de agua? ¿Cuántas viviendas se deben proyectar? Todo esto quedaba en un margen de aproximación.

El censo es la principal fuente de datos básicos sobre población que permite la eficiente gestión de un país. Cualquiera que tenga que definir políticas públicas a nivel nacional o municipal, que haga investigación social o que requiera elaborar planes de desarrollo sabe de esta ansiedad que genera no tener datos o tenerlos a nivel muy vago. Incluso la atención de emergencias requiere de las estadísticas censales. La pasada catástrofe ocurrida con la erupción del volcán de Fuego no solo mostró la falta de eficiencia de los entes encargados, sino también dejó en evidencia la pobreza de información básica de la población afectada. ¿Cuántos vivían allí, cómo vivían y a qué se dedicaban? ¿Cuántos murieron y cuántos quedaron enterrados sin nombre ni lápida?

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Hace ocho días comenzó el censo en Guatemala, un proceso que llegará hasta el 16 de agosto. El fin de semana me enteré, por pura shutencia, de que los censistas pasaron al edificio donde vivo, pero no pudieron entrar. La administración, siguiendo la disposición de la junta directiva, solicitó a los censistas dejar las boletas para ser llenadas por los mismos inquilinos. De ese modo, toda aquella algarabía en redes sociales quedó en pura calentura.

En un corte preliminar del INE emitido el 26 de julio al mediodía se reporta que tres comunidades se han negado a dar información para el censo. La universalidad del censo es una característica fundamental para evitar omisiones o repeticiones. Sin embargo, al parecer, en este país de desconfianzas enraizadas y de miedos florecidos algunos ven un censo con resquemor. Dice una amiga que «el que se quemó con leche hasta la cuajada sopla», pero aquí a muchos se les va la mano.

Ser censado es una responsabilidad ciudadana y hasta una obligación penada por la ley en algunos países. Ya va siendo hora de actuar con serenidad y sin prejuicios. Déjense censar: «Con sábanas, qué bueno. Sin sábanas, da igual».

El censo es la principal fuente de datos básicos sobre población que permite la eficiente gestión de un país.
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