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Dionisio Gutiérrez, el ilusionista
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Dionisio Gutiérrez, el ilusionista

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Opinión
5 03 18

Su Frente Ciudadano contra la Corrupción no es más que una nueva forma de aquella vieja farsa que busca uniformar el discurso y exiliar la crítica en defensa de sus privilegios inmerecidos.

Dionisio Gutiérrez lo sabe muy bien: quienes controlan la narrativa dominan el mundo. Y ahora mismo la crónica que vende dice que debemos aliarnos en contra de «la corrupción», lo cual en realidad significa aliarnos en contra de los enemigos políticos de su clan. Como todo cuento, su éxito descansa en que tiene algo de cierto, pero muy poco. El resto es campo libre para manipular al baboso que le resulta útil.

Cuando el polvo de tanta palmadita en la espalda se haya asentado y la saliva de tanta adulación se haya secado, la exclusión, la desigualdad y los mecanismos de concentración de poderes y oportunidades seguirán allí, intactos, y no por casualidad. Lo corrupto —entendamos de una buena vez— es el régimen macroeconómico en sí mismo y su pensamiento único.

La politiquería no es sino el síntoma de ese mismo sistema capitalista-oligárquico en crisis que, paradójicamente, requiere de la corrupción para seguir existiendo.

La única forma de eliminar la corrupción —la verdadera corrupción— es, pues, haciéndole frente al aparato neoliberal de forma contundente, desde su origen. La única manera de no ser corruptos en estos perros tiempos que nos tocó vivir es solidarizándonos con los grupos mayoritarios a través de acciones humanas y políticas inequívocas. Todo lo demás es ruido.

Pero esto también lo saben perfectamente Dionisio y sus encomenderos, quienes hacen justo lo contrario por diseño. Para poder seguir contaminando, desviando, engañando, saqueando, explotando y defraudando. Se plantan en defensa de una épica mitológica deliberadamente articulada con el fin último de no malograr sus posiciones de ventaja. O, lo que es lo mismo, no están dispuestos a compartir el poder político, narrativo y económico con las mayorías guatemaltecas.

Los muy glotones lo quieren todo para sí.

Hacer algo malo (seguir la piñata) que parece bueno (purificar a la sociedad) es la fórmula perfecta para embaucar a una ciudadanía con urgencias históricas. Dionisio es astuto, eso no lo duden, y lo tiene muy claro. No estamos ante un proceso de cambio, sino ante un mero reemplazo de clan cooptador. «Relevo de élites» es el eufemismo que utiliza el voraz ilusionista para satisfacer su apetito manipulador.

Lo de siempre: las élites en control, por muchas mascotas folclóricas que pongan como adorno en primera fila para aparentar inclusión y simetría. Mientras tanto, en la Guatemala real nadie parece dispuesto a invertir en un frente contra la usura, la exclusión o la explotación de los ecosistemas. ¿Y los actores cívicos emergentes? ¿Dónde están? Vendidos, zombificados ante el poder hipnótico —y la plata— del ideólogo de este sólido simulacro (cuyo eslogan es, de paso, que no se trata de ideologías).

(A los grupos organizados por y para la refundación del Estado plurinacional ni se les invita, desde luego. Como sabemos, demasiada democracia les resulta demasiado incómoda).

Tomémonos un minuto para pensar en esto. Es cierto que Guatemala vive de luto perenne, pero nunca vi a hermano voltearse contra hermano, a amigos traicionarse sin reparo y a sociedades disolverse tan súbitamente hasta que vino Dionisio Gutiérrez vestido de jinete ajusticiador, trayendo consigo su peculiar versión del apocalipsis.

Divide et impera. Tal es el mantra de los que ostentan poderes y miedos.

El detalle es que Dionisio no viene montado en un caballo, sino en un pollo en esteroides hecho más fuerte que un semental a base de monopolios, favores, sobreprecios, subsidios y exenciones especiales, costeados directa o indirectamente por los grandes conglomerados subalternos del país.

La verdadera y última agenda de esta alianza confeccionada desde las sombras no es reformar el sistema electoral, como dicen, ni apoyar al dúo dinámico MP-Cicig, no. Dionisio Gutiérrez pretende desideologizar a la sociedad —hacerla menos crítica, más silenciosa— para garantizar los eternos reinados de su tribu y su modelo rentista. ¿Y los de la foto? Tan hambrientos están por las migajas que caen de la mesa del falso profeta, que canjearon su dignidad por el podio sin pensárselo dos veces.

Mas que un frente, esta es toda una afrenta a la verdadera democracia participativa y al guatemalteco común, unos 15 o 16 millones de personas. Casi todos.

Así, justamente así, es como se incuban las grandes revoluciones.

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