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De la táctica o el diálogo otro
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De la táctica o el diálogo otro

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Tipo de Nota: 
Opinión
21 09 17

El «esto no es ni de izquierdas ni de derechas» es una forma poco productiva de entender y explicar esta lucha social. Por el contrario, el programa debería basarse en una serie de ideas del tipo: «Esta lucha es de izquierdas y de derechas. Esta lucha es de todos los que se posicionan políticamente. Esta lucha es de todos los que se oponen a la corrupción y a la impunidad. Esta lucha es de todos los que entienden que la corrupción y la impunidad ocluyen nuestras posiciones políticas en una verdadera democracia». (Claro que algún comunicador ágil ha de reducirlo y simplificarlo a su mínima expresión).

Más que un juego de palabras, lo que interesa es promover la idea de que la politización es esencial en este proceso que evidentemente es político. Esta alternativa nos ofrece la posibilidad de ver hacia adelante y de fortalecer el potencial núcleo transformador que ofrecen los acontecimientos. Tenemos que entender que, en vez de una eliminación de posiciones políticas —que obviamente conlleva despolitización—, lo que se está construyendo es una alianza de posiciones con finalidades tácticas enmarcada en esta contingencia histórica.

Ya es hora de romper con esa perversa práctica que nos mete siempre en el atolladero de la despolitización. Es muy siniestro el mero corrimiento a un centro que restituye una institucionalidad que se nutre de la corrupción y de la impunidad. Esto no es para nada novedoso. Ya lo vimos en 2015, cuando la defensa ciega de la institucionalidad y el dogma del «hay que votar porque hay que votar» nos alienó a unos de otros y nos trajo a la situación en la que nos encontramos actualmente. Ahí tenemos el remedo de presidente Jimmy Morales. Hay que estar loco para seguir haciendo lo mismo y esperar resultados distintos. (La idea de perseguir el «en estas condiciones no tenemos elecciones» contenía una potencialidad política mucho más poderosa. El objetivo era claro: quitarle la legitimidad que le brindaba el ritual electoral a esta democracia secuestrada por la corrupción y la impunidad).

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El objetivo de la alianza táctica de izquierdas y de derechas, en principio, es brindar las condiciones de posibilidad para que la sociedad guatemalteca pueda usar los instrumentos de la democracia teniendo una mesa limpia. Primero nos deshacemos de las mafias en conjunto. Después competimos políticamente entre nosotros. Urge romper con la doxa que aboga por la dilución de la posicionalidad política de los actores. No pensamos igual, lo sabemos, pero, para poder participar de la democracia, primero tenemos que vencer al enemigo que tenemos en común. Para alcanzar la democracia, primero tenemos que quitarnos de encima a quienes la hacen imposible. En concreto, los defensores de la corrupción y la impunidad, es decir, las mafias.

Tenemos que pensar diferente por mucho que los practicantes de la política comparada sugieran que vivimos en una realidad equiparable a la de la Alemania de Konrad Adenauer. Las realidades son distintas: son peras y manzanas. A diferencia de la Alemania de la posguerra, en Guatemala las fuerzas oscuras que masacraron al país, que cometieron políticas genocidas y que secuestraron la democracia se encuentran allí: tranquilas, administrando y enriqueciéndose del Estado por medio de la perpetuación de la impunidad y de la corrupción. En estas condiciones, un corrimiento al centro, un debate conciliatorio como el que proponen el presidente y algunas élites e incluso un «cambiemos las cosas desde adentro» (que por enésima vez ha quedado demostrado que no sirve de mucho) suponen acuerpar esas posiciones que ocupan quienes están detrás de gobiernos como el de Jimmy Morales y los de la MMZ (la Mara Mariscal Zavala). En otras palabras, dado este contexto, no hay tal cosa como un corrimiento al centro. Por una vez, por lo menos, no seamos políticamente ingenuos.

La defensa a ultranza de la institucionalidad, de la administración pública en sí y porque sí, sin un momento de ruptura con las mafias que la tienen capturada, conlleva únicamente la restauración de lo que nos hace salir a votar presidentes deleznables cada cuatro años solo para tener que botarlos cada par de años después. ¿Vamos a seguir en las mismas? ¿Realmente somos así de ilusos?

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Entonces, para poder alcanzar el objetivo de esta alianza táctica, lo que menos necesitamos es despolitizarnos. Nuestro eje más fuerte de politización, además de mantener nuestra identidad y posición, es el rechazo absoluto de las prácticas de impunidad y de corrupción. Es algo que ya no se debate. La emergencia de ese disenso es eminentemente política. No tengamos miedo de asumirla como lo que es.

Esta lucha incumbe a izquierdas y a derechas. Eso nos une por el momento. Sabemos quién es el enemigo común. Todos podemos confluir tácticamente en esa forma de metapolitización. Por el momento no tenemos que convencer a nadie de nada. Cada quien tendrá su estrategia política para después. Entonces tendremos el chance de hacer más política, pero en otras condiciones, cuando vivamos ya en democracia, y no en esta mafiocracia.

Hay que limpiar la mesa en estos términos. Hay que refundar la democracia devolviéndole el poder constituyente al pueblo para crear un sistema emancipado de la desigualdad política creada por la desigualdad económica y social (el que paga la marimba de los partidos manda el baile del Estado). Después de eso tal vez haya chance de que podamos competir, todos en igualdad de condiciones, en los procesos electorales. Entonces, en esas condiciones, sí querremos elecciones. Las elecciones habrán dejado de ser un ritual vacío que no sirve más que de símbolo para legitimar esta podredumbre.

Dadas esas condiciones, habrá quienes defenderán prolongar el proyecto de acumulación por desposesión que tenemos en la actualidad (lo que algunos llaman desarrollo). Pero no solo eso. También podrán participar como iguales aquellos que creen que una democracia social de mercado y una administración eficiente son suficientes para resolver los problemas del país. Y lo más importante es que también podremos participar aquellos que consideramos necesario abrir la democracia y convocar a una asamblea constituyente plurinacional popular e incluyente, que amplíe aún más los espacios de politización de la sociedad.

Tal vez entonces, sin tener a las mafias encima, incluso podremos ponernos todos de acuerdo. Quién sabe. Soñar no está prohibido.

 

***

Nota del autor. Esta reflexión busca discutir con varias personas y organizaciones que se encuentran pensando el país y haciendo circular ideas políticas muy diferentes que, sin embargo, parecen tener en este momento una ventana de posibilidades de acción estratégica. Muchas son ideas de ellos, de ustedes, que aquí resumo. Se van a ver identificados. Prefiero evitar los nombres para prevenirnos del vanguardismo. Que cada quien busque quién lo representa en esta lucha. Hay que dejar claro que mi posición no es la de encontrar espacios medios. Todo lo contrario: me interesa buscar estrategias políticas que permitan abrir la democracia a la participación de todos los que pensamos radicalmente diferente.

Primero nos deshacemos de las mafias en conjunto. Después competimos políticamente entre nosotros.
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Esta lucha incumbe a izquierdas y a derechas. Sabemos quién es el enemigo común.
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