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De cómo transformar el sistema sin tener el poder (ni siquiera la estrategia) para lograrlo
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De cómo transformar el sistema sin tener el poder (ni siquiera la estrategia) para lograrlo

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Tipo de Nota: 
Opinión
15 05 17

Antes de continuar con la tercera parte de la entrega Panorama político: inmovilistas, indecisos y reformistas (ver entregas anteriores aquí y aquí), vale la pena hacer algunas acotaciones a las reacciones que se generaron de parte del Grupo Intergeneracional y formalmente de Heini Villela, uno de sus integrantes, quien, a diferencia de Juan Pensamiento, debate y no insulta.

No pretendí, como Villela dice, «querer explicar la realidad de Guatemala simplificándola a dos grupos: uno procorrupción y otro anticorrupción», aunque formar un frente anticorrupción no habría sido una locura, pues quienes defienden la corrupción sistémica han encontrado en ella la forma más efectiva de acumular y expandir capital mediante el lucro privado en detrimento de lo público, impulsados por el sistema financiero internacional y por la debilidad de los sistemas de justicia, los cuales han permitido y facilitado que las grandes corporaciones, en contubernio con empresarios nacionales y funcionaros públicos, se apropien mediante distintas formas de corrupción de grandes obras públicas, recursos naturales y servicios públicos.

De ahí la lucha contra la corrupción, la que el Grupo Intergeneracional dice que les corresponde a los órganos de justicia, como si los movimientos sociales y las fuerzas políticas democráticas no pudieran ni debieran ensanchar la agenda anticorrupción ampliando su carácter penalista hacia las reformas sociales y económicas. Al parecer, el Grupo Intergeneracional no se ha dado cuenta de que luchar contra la corrupción también es luchar contra las fallas del sistema capitalista, pues precisamente han sido sus crisis cíclicas las que han originado estas expresiones de institucionalización de la corrupción. Con el fortalecimiento del sistema de justicia (estas reformas ayudan a lograrlo), con la democratización del sistema de partidos y con la ampliación de la agenda anticorrupción se pueden combatir los privilegios que otorga la liberalización del comercio sobre productos y modelos de desarrollo que fomentan pobreza. ¿No es acaso lo que se busca? Y, sorpresa, están más cerca de lograrlo los actores que Mario Roberto Morales[1] llamó «izquierda rosada» que aquellos que han clamado la habilidad de ir a la raíz de los problemas, pero que nunca han tocado ni una rama.

Además, Villela asegura que absolutizo la representación de los movimientos indígenas y campesinos y que no reconozco que batallan de igual forma por estas reformas, cuando he afirmado varias veces que los movimientos indígenas y campesinos fueron una fuerza política muy importante, con mayores capacidades organizativas, y lograron, durante 2015 y 2016, una convergencia de sus demandas estructurales (la Marcha por el Agua y el pluralismo jurídico) con las demandas coyunturales (paro nacional y reformas), lo que no hicieron las organizaciones sociales urbanas al no conectar la corrupción con las dificultades en el acceso y la calidad de los servicios públicos. La única certeza, entonces, es que el cambio social no se consigue esperando cómodamente, sin mayor actividad en el sistema político que un meteorito, digo, que una revolución caiga del cielo y transforme el país. La pos guerra fría ha demostrado que la segunda se construye con movimientos políticos amplios, con alianzas estratégicas y reformando las instituciones.

Uno de los límites de la crisis política de 2015 fue que no alcanzó a cuestionar el modelo neoliberal y conservador, simplemente las condiciones institucionales que facilitan la existencia del sistema corrupto. Más que formarse la restauración neoliberal y conservadora, como sí ha sucedido en América del Sur, se formó la restauración del sistema corrupto e inmovilista para la reconfiguración cooptada del Estado. En ningún momento traté de separar los buenos de los malos, como dice Villela. En realidad existen intereses, y su naturaleza (ilegítima y legítima, lícita e ilícita) variará dependiendo de los actores y de sus afinidades. La lógica mecánica en la interpretación contrahegemónica de la realidad presupone que cualquier clasificación para ordenar actores e intereses a favor o en contra de procesos sociales es de buenos y de malos, por lo tanto incorrecta. También presupone que solo hay una forma de no reproducir la lógica hegemónica (como si la hegemonía no se alimentara de la unilateralidad de lo político) y que las élites son homogéneas en la defensa de sus intereses, cuando las crisis políticas y sus resabios en la historia han demostrado que las más democráticas o las menos inmovilistas buscan alternativas al sistema del momento mientras que las más conservadoras se afianzan al orden establecido. Por ello es incorrecto y falsamente contrahegemónico cuando Villela afirma que los ubiqué en distintos grupos para «recurrir en el futuro a pedirles dinero para financiar proyectos políticos». Él sí me puede tachar de clientelar, pero yo no puedo tacharlos de intransigentes. Por el contrario, habría sido hegemónico si hubiera sido binario con la tipificación de mis artículos, pero opté por hacer dos grandes sectores con cuatro grupos y destacar sus disidencias internas.

 

***

Aclaración final. En ningún momento hice una relación directa entre el Grupo Intergeneracional y las cuentas anónimas que han utilizado información falsa para atacar a actores a favor de las reformas. Lamento la confusión, pues los considero actores distintos y con diferentes formas de operar dentro del mismo grupo. Esto, debido al discurso por un lado purista y por el otro radical, lo que no significa que tengan relaciones de trabajo ni alianzas establecidas para realizar acciones concretas.

 

***

[1] También integrante del Grupo Intergeneracional.

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