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Contra la muerte en primavera
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Contra la muerte en primavera

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Tipo de Nota: 
Opinión
21 04 17

Mi abuela entró al hospital hace dos semanas. Cuatro veces. Hemos tenido tantos diagnósticos como delirios horrendos ha tenido ella. Nos han salvado los símbolos. Nada más.

Nací en primavera y le temo a la muerte.

Le temo porque mataron a mi papá y nadie me explicó qué era la muerte. Yo tenía nueve años. La madre de mi papá me dijo que él estaba dormido. Yo le dije que no, que estaba muerto. Me obligaron a tomarlo de las manos: estaba frío. Me obligaron a verlo para despedirme: estaba azul.

Al año siguiente murió mi bisabuela. Se apagó mientras dormía. Mi mamá la encontró en su cuarto mientras yo desayunaba cereal y leche. Mi mamá temblaba. Era su abuela, la que la había criado.

A mi también me crio mi abuela, la mamá de mi mamá. Me crio con mi bisabuela, la abuela de mi mamá. Vivimos juntas entre nombres de flores e historias religiosas muy poéticas. Mi bisabuela me contaba una historia diferente antes de dormir y me hacía trenzas. Decía que, si dormía con el cabello suelto, los angelitos iban a cortarme las hebras del pelo y yo iba a despertar pelona. Yo me imaginaba unos angelitos muy feos, rojos, porque solo los angelitos malos eran capaces de dejar calvas a las niñas. Mi abuela me crio entre plantas. Me dijo los nombres de cada una de ellas, y los nombres que no supo se los inventó. Cuando estaba muy muy chiquita, después de comer, mi abuelita me llevaba a caminar para mirar dormir y despertar a la dormilona. Es una plantita que al tener contacto externo se cierra en sí misma, se duerme. Era el momento más emocionante de mi día. Después de ver despertar y dormir a las plantas, mi abuelita me obligaba a dormir una siesta.

Desde entonces es mi planta favorita. Una vez, una amiga puertorriqueña me contó que también le encantaba esa plantita, que le recordaba también a su abuela, que en Puerto Rico la llaman moriviví.

Morí-viví cuando lo supe. Mi vida siempre ha sido así. Desde niña, una vida floreada de símbolos.

Mi abuela siempre ha hablado a las plantas para que crezcan bonitas, también a los pájaros. La próxima semana saldrá mi libro nuevo. Allí hay varios textos dedicados a mi abuela. Uno de los más queridos se llama Los pájaros. Los últimos diez años de nuestra vida, mi abuela o mi hermana se han dedicado a tener pájaros.

Cuando volví de México traje a mi gato. Él nunca había visto un pájaro. Solo los había escuchado. Es un gato de departamento. Por las noches imagina que mis pies debajo de las sábanas son ratones. Hasta hoy, los pájaros y el gato han logrado vivir en una ficción fantástica: ellos en su jaula, él tronando su dentadura mientras los observa. En la imaginación —supongo— los muerde y los desangra.

Esta mañana, mi único día en soledad y lejos de un hospital, me dediqué a trabajar como loca. El mundo no se detiene a pesar de que yo tenga el corazón suspendido en incertidumbre y miedo. Mientras transcribía una entrevista, cayó una tormenta muy fuerte. No había escuchado la lluvia por los audífonos. Corrí a guardar la ropa, la cama del gato, ¡los pájaros!

Mi hermana había dejado a sus pájaros en el jardín. Los encontré empapados. Los guardé en la casa. Mientras escurríamos agua, yo les pedía perdón. Les pedía que no se murieran de neumonía en el trópico. Tanto le temo a la muerte estos días. Le conté esta escena caricaturesca a un amigo y me dijo que lo mejor era escribirla.

Aunque parezca que soy yo la que ya entró al delirio, la anécdota funcionó para explicarme la poesía en mi vida y muchas discusiones sobre poesía. Le dije a mi amigo que, si los pájaros se mueren de neumonía, serán la metáfora encarnada de las discusiones de la poesía comprometida y de los poetas del régimen.

En la poesía salvadoreña, la discusión está. Oswaldo Escobar Velado tiene muy bien apuntalado el concepto en su poema Patria exacta.

 

Así marcha la mentira entre nosotros.

Así las actitudes de los irresponsables.

Y así el mundo ficticio donde cantan,

como canarios tísicos,

tres o cuatro poetas

empleados del Gobierno.

Digan, griten, poetas del alpiste.

Digan la verdad que nos asedia.

Digan que somos un pueblo desnutrido,

que la leche y la carne se la reparten

entre ustedes

después de que se han hartado

los dirigentes de la cosa pública…

 

En su poema Vida, pasión y muerte del antihombre, el salvadoreño Pedro Geoffroy Rivas anotó:

 

Vivíamos sobre una base falsa,

cabalgando en el vértice de un asqueroso mundo de mentiras,

trepados en andamios ilusorios,

fabricando castillos en el aire,

inflamando vanas pompas de jabón,

desarticulando sueños.

[…]

Ah, mi vida de antes sin mayor objeto

que cantar, cantar, cantar,

como cualquier canario de solterona beata.

Ah, mis veinticinco años tirados a la calle.

Veinticinco años podridos que a nadie le sirvieron de nada.

 

De ese poema, Roque Dalton tomó prestado un verso para escribir su única novela. Roque Dalton murió en primavera. Lo asesinaron sus propios compañeros. Y con él mataron completo a este país. Mi abuela nació en 1932, año de trauma porque es el año de la masacre de indígenas vinculados al partido comunista en la interpretación del gobierno de la época. Mi bisabuela vio esa masacre. Llevaba a mi abuela en brazos. Me lo contó el mismo año que murió. Como familia, también estamos trazadas allí. Roque Dalton dijo bien que todos nacimos medio muertos en 1932. Por eso mismo me aferro a esta parcela de la vida, para que no muera esa otra mitad que nos ha quedado.

Todas las veces que he ingresado a mi abuela al hospital la llevé con vestidos de flores. En su último ingreso, el más terrible, mi hermana y yo también nos vestimos de flores. Elegí para mi abuela un vestido bordado con flores. Ella lo aprobó. Era de madrugada. La cubrimos con mi rebozo mexicano, tupidísimo de flores y pájaros bordados. Nos negamos a morir en vida. Nos negamos.

Después de 15 días de entradas y salidas de un hospital privado, mi abuela fue llevada en ambulancia a su pueblo natal, en cuyo hospital nacional había sangre de su tipo. Necesita una transfusión para seguir viviendo. Acepté que se fuera a su pueblo. Pensé que era una hermosa metáfora: volver al lugar en que nació para salvar su vida.

A veces hay que creer en otras cosas en la vida, como en la geografía o el paisaje.

Me han pedido que no escriba más sobre este tránsito de mi abuela. Pero me niego a dejar de escribir como me niego a que mi abuela muera en primavera. Escribo para conjurar la vida, para que la vida no pare.

 

Nota de edición: (23/04/17 a las 10:20) Se corrigieron dos imprecisiones. Por un lado, el nombre del poeta Oswaldo Escobar Velado, y por el otro, el año de nacimiento de Roque Dalton.

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