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Opinión
27 04 18

Unos quieren que todo se castigue y otros que todo se perdone. La transición actual da para pedir de toda la paleta de colores, pero en los planteamientos no priman ni la sensatez ni la mesura.

Estamos en el centro de un círculo perverso de pobreza, de corrupción desbordada, de inequidad, de una institucionalidad débil consolidada en la representación de grupos armados y de alianzas con grupos criminales. Ante la podredumbre, los que sufren no son los grandes empresarios, sino las personas más necesitadas, aquellas que requieren servicios estatales y una inversión en los recursos públicos que se extravía en los despilfarros de estas organizaciones criminales. Así, poniendo al partido que mejor les cumple sus expectativas, esos grupos debilitaron el Estado mientras los funcionarios se repartieron como botín lo que quedaba hasta dejarlo como está.

Elegimos malos gobernantes por distintas razones: por indiferencia, por desinformación, por conveniencia o por ignorancia. Luchar contra un fenómeno que no se conoce es como luchar a ciegas contra un dragón de siete cabezas, pues la corrupción es una empresa criminal de las más difíciles de combatir. Por ello es importante reconocer el valor que tienen las iniciativas que contribuyen a luchar contra la corrupción y a monitorear la transparencia que tanto necesitamos para lograr hablar de paz.

Como ciudadanos anhelamos una institucionalidad en la cual se pueda confiar y no se beneficie al que subsidia la campaña. Sabemos bien que grandes financistas han utilizado el poder para conseguir desde privilegios fiscales hasta megaproyectos. Así evaden sus obligaciones (sin ahondar en otros abusos y atropellos que cometen, como el desvío ilegal de ríos, la evasión del pago del seguro social que descuentan a los empleados, el abuso de los horarios laborales, etcétera). También sabemos que ese no es el único papel que ellos han jugado en la historia del país. Todo esto significa que las cosas no deben ni pueden quedar simplemente en una disculpa.

Conversando con un amigo, él hizo la siguiente reflexión: «¡Qué suave!, ¿verdad? ¡Corrompo, pido perdón y listo! Que los politiqueros de clase media como Pérez, Baldetti, Monzón y compañía paguen los platos rotos.

»Pero seamos realistas: aunque legalmente sea viable o no, ¿el país aguantaría el shock de meter presa a la supercúpula? Es más: ¿ellos lo permitirían? Seguramente la respuesta a ambas interrogantes es no. El problema es encontrar el justo medio que no busque complacer posiciones, sino que le encuentre una salida al país. Nos toca transitar el camino posible. Pero para ello es imprescindible la madurez. Dan tanto miedo los que quieren que todo siga igual, como los que quieren que todo el mundo pague a toda costa. Eso haría implosionar al país y es un lujo que no nos podemos dar».

Señaló también algo en lo que todos estaremos de acuerdo: nuestro gran déficit aquí es de líderes que nos ayuden a salir del infierno de Dante en que estamos sumidos. Pero aquí somos de todo o nada. Pedimos un cambio que resultaría absurdo e inútil si no exigimos modificar el rumbo, si permitimos la terquedad de elegir a nuestros gobernantes a través de una ley electoral que posibilita la descomposición y la afluencia de corruptos o si consentimos que los diputados deshonestos propongan leyes a beneficio de los corruptores y otras que les permitan impunidad y seguir eligiéndose.

Entonces, además de continuar por la vía legal para que todos solventen las sentencias de ley sobre las faltas cometidas, debemos buscar dónde y cómo romper el ciclo y alcanzar el punto medio para enmendar la plana del daño moral cometido por décadas. ¿Habría que barajar de nuevo? Necesitamos compromisos concretos. Posiblemente, que asuman con responsabilidad social el papel que juegan dentro del cambio estructural y sistemático que nuestro país requiere, aunque solo sea un buen comienzo. Dejar de inmiscuirse en actos de manipulación política y adoptar medidas justas, como generar puestos de trabajo que sostengan condiciones laborales apegadas al derecho como mínimo, son opciones de un amplio catálogo de quehaceres que pueden empezar a disminuir esa brecha de desigualdad y pobreza que ellos han ayudado a construir.

Al final del día todos tendremos que ceder algo para que este barco no se hunda. La gran interrogante es: ¿seremos capaces?

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