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Álvaro Arzú Irigoyen: ¿Mito positivo o nefasta figura?
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Álvaro Arzú Irigoyen: ¿Mito positivo o nefasta figura?

En el momento en el que el cuerpo de Arzú era inhumado, la derecha política estaba creando esa figura mítica.
Se buscará que Arzú se convierta en un fenómeno colectivo: un relato que tiene una estructura estable, una lógica interna que da sentido a la comunidad.
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Tiempo aproximado de lectura - 22 mins

En La Antigua Guatemala, el 29 de abril de 2018, dieron “cristiana sepultura” a Álvaro Enrique Arzú Irigoyen, alcalde de la ciudad capital en funciones y favorecido popularmente cinco veces para dicho cargo; además, había sido electo una vez presidente de la república. Arzú falleció el viernes anterior, víctima de un infarto masivo cuando jugaba golf en un campo cercano a su casa en la zona 16 de la capital. ¿Aprovechará la derecha política para convertir al alcalde fallecido, exprofeso, en un mito? Y ¿cuál será la postura que asumirán los grupos de izquierda, ante esta figura hoy desaparecida? Desde la antropología simbólica y la semiótica social, le invito a explorar académicamente cuáles serán las posibilidades de una guerra, cargada de símbolos, que seguramente se disputará en el plano imaginario en torno a su figura, e intentar descubrir cómo se comportarán las antípodas políticas de Guatemala.

 

Semiótica y antropología

Cuando el semiólogo francés Roland Barthes se refirió a las mitologías, no habló sobre historias relacionadas con religiones ya desaparecidas. Según este autor, el mito en la actualidad es “un habla, es decir, es un sistema de comunicación, un mensaje, sujeto a unas condiciones lingüísticas que lo caracterizan”. Según esto, cualquier objeto, concepto o idea es susceptible de convertirse en mito, siempre que se den ciertas condiciones particulares. Y recordemos que Pierre Giraud, en La Semiología, consideró que “las mitologías expresan una visión del hombre y del mundo; significan una organización del cosmos y de la sociedad”. El autor agregó que “la ciencia moderna ha puesto en evidencia ese carácter semiológico de nuestras actitudes y creencias”. Recordemos que si algunas pocas marcas comerciales locales se han logrado convertir en míticas en Guatemala, es altamente probable que un personaje como Arzú también alcance ese estadio, porque poseía una personalidad peculiar: magnético y magnánimo para sus amigos, odiado por sus actitudes prepotentes y abusivas para con sus enemigos; porque Arzú fue bien amado por muchos, igualmente fue repudiado por no pocos. Según nuestro conocimiento semiológico, es Barthes quien centra este tema al considerar que lo interesante del mito es que en la comunicación no tiene mayor importancia el referente del mensaje, ni el mensaje mismo, sino la forma en que se emite el mensaje. El mito (calquier mito moderno) es forma, no sustancia; el mito no surge de la naturaleza de las cosas, es un habla “elegida por la historia” y su fundamento es histórico.

Arzú, efectivamente, hoy ya es “un habla, un mensaje”, y es importante recordar claramente que Barthes determina que los mitos no son naturales, sino que los crea el ser humano (la historia) y siempre con una intención concreta, para transmitir un determinado mensaje. Por eso, sería muy entendible si la derecha politica contemporánea decide erigir o edificar a Arzú como su personaje mítico, no por su esencia, sino porque le puede rendir muchos beneficios. Barthes recuerda que los mitos funcionan de una manera similar a las alegorías, con las que a veces se confunden. Sin embargo, los sistemas míticos generalmente tienen más rarezas que los alegóricos. Por eso, hablar hoy de Arzú es mencionar a alguien emblématico, convertido ya en un incipiente ícono que se puede transfigurar en una marca ideológica, alguien con una personalidad muy peculiar.

¿Cómo estudiarlo? Héctor Ramírez Cahué, en un ensayo Barthes, mito e ideologìa, nos da luces sobre el tema. Algunos puntos de este ensayo son tomados de sus conceptos esclarecedores. La semiótica, dice Ramírez, explica que hay una relación entre tres elementos del signo:

1) El significante (lo oral, es la imagen acústica de orden psíquico)
2) El significado (el concepto en sí mismo) 
3) El signo (es la correlación que existe entre los dos primeros)

Barthes demuestra que en el mito se vuelve a encontrar este triple sistema semiológico, pero de otra forma: él lo llama “sistema segundo”, porque el mito surge de una cadena de significados que existe previamente sobre la base de una primera lengua que denomina “lenguaje-objeto”. A eso se debe que bautiza al mito, propiamente, como metalenguaje pues habla sobre él mismo, como una segunda lengua. Así pues, donde concluye el primer sistema semiológico, lo sígnico (como en toda lengua) allí exactamente comienza un segundo sistema semiológico o sea significante, que es el mito, de acuerdo con Ramírez.

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Entonces, debemos entender que el significante mito, vale para dos acepciones:

La primera: es ese término final del sistema lingüístico, que Barthes llama sentido
La segunda: en el plano del mito, es, como término inicial, reconocido solamente como forma

Conforme esta interpretación lo que sería el signo para la lengua, en el sistema del mito, es la significación. Esto deriva en que el mito termina por designar y notificar, hacer comprenderse e imponerse como tal. La función que cumple la forma, en el significante del mito, es vaciarlo de sentido. Al empobrecerlo, lo aleja de toda historia y si bien no le suprime sentido, lo (re) define. En el significado es, entonces, donde se implanta una nueva historia, un nuevo saber. El fundamento del concepto mítico es que se apropia de una determnada situación, fundamentada en una nueva historia, de acuerdo con Ramírez.

Y en un tercer momento, como carácter asociativo de los dos primeros elementos, la significación es el mito mismo. En ella se deforma el sentido. No se busca ocultar o suprimir, sino de deformar. Es decir, darle una forma diferente, lo cual permite otorgarle una carta de naturalización.

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Por eso, en el momento en el que el cuerpo de Arzú era inhumado, no en un cementerio como cualquier ciudadano, sino en un sitio privado (muy peculiar espacio) la derecha política estaba creando esa figura mítica, muy posiblemente de forma inconsciente. Es bueno analizarlo, porque hasta el último acto de su existencia física (su funeral) Arzú estuvo separado de lo habitual; tal vez porque quiso permanecer alejado de las cosas que la gente común y corriente hace en forma normal. Aunque Arzú estudió en un colegio de clase media (Liceo Guatemala) y posteriormente resultó un mal empresario de turismo, ya que, según afirman, su agencia de viaje estaba a punto de quebrar cuando fue nombrado para dirigir el Instituto Guatemalteco de Turismo y fue entonces cuando empezó a acrecentar de manera rápida su fortuna. Y luego decidió que se iba a dedicar el resto de su vida a la política: a ser funcionario público, a vivir del Estado. Se recuerda, también, de su paso por las huestes juveniles del Movimiento de Liberación Nacional, partido de la violencia organizada; por lo tanto, su visión del mundo correspondía, desde joven, a esa postura anticomunista, de la que tantos beneficios le cosechó.

Por lo expuesto hasta ahora, se entenderán las razones de quienes estén interesados en buscar que la imagen de Álvaro Arzú sea consagrada como la de un héroe o una mega estrella, puesto que lo tratarán de trocar o convertir en paradigma político, es decir, en un modelo a seguir de parte de los grupos ubicados en el espectro que va desde la extrema derecha (de arcaica posición ultra o anticomunista) hasta las posiciones un poco más moderadas, pero con inspiración conservadoras. Como cualquier ser humano, Arzú tuvo defectos y virtudes. Sin embargo, sus seguidores, por un lado, intentarán que sus errores y falencias sean relegados a un segundo plano, hasta que se borren de la memoria colectiva y, por el otro, buscarán los medios para resaltar y revalorizar sus mejores momentos con el único fin de engrandecer su imagen, creando una figura política mitificada. En tanto, el grupo contrario utilizará todos sus errores para que nadie se olvide de sus graves deficiencias: políticas, humanas, administrativas... Será una lucha simbólica en el plano político, interesante de observar.

Para explorar la condición mítica

A la luz de la teoría sobre el simbolismo propuesta por autores como Barthes y Mélich, resaltaremos algunos aspectos de la vida de Álvaro Arzú y de las circunstancias que lo acompañaron hasta su misma muerte, que pueden ser tomados como hitos para convertirlo en un auténtico mito. Analicemos cuáles van a ser los elementos más relevantes que serán utilizados para intentar catapultarlo a la calidad de mito del conservadurismo, politizando en forma positiva al máximo su memoria. Eso puede resultar conveniente para su familia y para su círculo político, quienes son hederos del control que ejerció en la municipalidad capitalina, manejada férreamente desde hace ya buenos años por grupos cerrados de fieles allegados, quienes son los favorecidos por las acciones financieras empresariales de la comuna capitalina, aunque aquejada de serios cuestionamientos; es decir, los gravísimos problemas que nunca se resolvieron en décadas de gobierno arzuísta: agua potable, basura, transporte colectivo, entre otros.

Normalmente, resulta mucho más fácil convertir en mito a una persona cuya muerte ha sido por causa de la violencia. La muerte violenta transporta al fallecido casi directamente al mundo de la mitología. Sin embargo, en el caso de Álvaro Arzú, por varias razones, este hecho no resulta fácil hacerlo realidad. En primer lugar, porque la muerte lo sorprendió jugando placenteramente golf y en horas hábiles. En segundo lugar, porque el golf, a criterio de las mayorías, es un deporte exclusivo de millonarios, quienes se pasean con holgazanería casi flotando sobre alfombras naturales de pasto verde, bien cuidado, lo que les permite disfrutar de amplios espacios al aire libre. Por último, porque el lugar en que jugaba este personaje está rodeado de colonias donde reside muchísima gente pobre. Desde cualquier perspectiva, esta imagen bucólica que selló su último hálito es algo de lo cual no se podrá despojar jamás. Por eso se buscará impulsar una figura idealizada, para proyectarlo como un mito “ennoblecido” de la derecha, trastocando esos que fueron los últimos signos demasiados simbólicos, de una vida privada muy cercana a lujos, homenajes y viajes honoríficos. Por eso, volver la mirada a la ceremonia de su enterramiento es también para dejar la impresión del estilo barroco que gustaba Arzú, enterrado en una urbe donde no residía, aunque poseía una casa en la que solía pasar sus fines de semana (curiosamente llamada Ciudad Colonial) y que quedado congelada en tiempo, como la ideología del “ilustre” finado, quien fuera el heredero español que regresó a ser sepultado a un enclave representativo de sus orígenes. Esta, por ejemplo, podría ser una lectura semiótica.

Un simbólico relato

Para confirmar esta hipótesis, evoco una idea de Joan Carles Mélich quien en su libro Antropología simbólica y acción educativa, señala que un mito (como el de Álvaro Arzú) puede ser convertido en un sistema dinámico de símbolos que es posible transformarlo en relato, coincidente con Barthes quien dice que el mito es un habla. De tal suerte que la historia del alcalde fallecido será contada con ese sentido e interés por sus familiares y correligionarios.

Un relevante aspecto que puede convenir a sus más cercanos es aquel que convierte en acto de heroicidad la forma como vivió sus últimos meses, pues (según su punto de vista) Arzú se enfrentó a una agresión internacional, una invasión extranjera, por lo que debió luchar denodadamente para sacar a la Cicig del país. Dicho elemento tiene como referente histórico una parte de la letra del himno nacional. Ese es un punto esencial del mito que intentarán levantar, como habla que circulará profusamente entre los guatemaltecos. Arzú, el personaje heroico que combatió a los comunistas hasta sus últimos días, por liberar al país de cualquier intento de mancillar el orden establecido y los derechos de toda una nación.

Otro de los elementos por los que Arzú será recordado es el hecho de ser considerado como el político que terminó con una época de la guerra interna del siglo XX, con un conflicto que desangró a la sociedad guatemalteca por casi cuatro décadas. Ese elemento histórico, un poco edulcorado, puede ser capaz de aglutinar, dar cohesión e ilusionar a sus seguidores, pero de seguro será un punto fundante para generar un movimiento alrededor de su imagen; la imagen del guerrero que firmó la paz, un batallador que nunca se dejó derrotar y que murió en su ley… como las más importantes figuras mitológicas de siempre.

Por otro lado, el mismo Álvaro Arzú (en vida) buscó impulsar esa imagen heroica: pues era atlético y muy cuidadoso de su cuerpo; sin la barriga de los viejos políticos o generales avejentados, portador de tez muy blanca, pelo rubio y bastante más alto que el promedio normal de los guatemaltecos. Relacionado con lo anterior, vale recordar que hace no más de un año, circuló a nivel mundial una fotografía de Vlaldimir Puttin, medio sumergido en un río o lago, caminándolo con el torso desnudo, sosteniendo una ametralladora arriba de su cabeza, Curiosamente, pocos meses después, Arzú hizo propagar en internet una fotografía de similar factura, haciendo ejercicio en una escaladora mecánica, vistiendo sólo con una pantaloneta y también con el torso desnudo. No portaba un arma, pero con su descubierta y fortalecida anatomía estaba enviando un mensaje. ¿Se comparaba o hacia un paralelismo con el lejano y poderoso líder ruso? En semiología, a este tipo de signos se les confiere un sentido intertextual; una imagen evoca otra, un símbolo nos hace recordar otro más fuerte. Puede darse verbal o, como en este caso, icónicamente a través de una foto de muy parecida “pose” y de connotaciones simbólicas muy fuertes.

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Vivir una existencia para la cual una persona está predestinado, es parte de una concepción mítica de la vida. Por eso, Arzú bien puede ser convertido en ficción mitificada a conveniencia de los grupos de poder conservadores, porque existe un patrón narrativo que puede dar sentido a los discursos de este tipo; discursos que ahora que se pueden constituir debido a la tensión antagonista de una ideología política de corte socialista, la de las izquierdas con poca influencia en los medios de información. A Arzú se le reconocerá como el personaje que logró fundar una época (su propia época) y puede ser utilizado para enfrentar al “otro”, a los distintos a él, a quienes tienen (o tenemos) un sentido opuesto a su peculiar forma de vida. Arzú será representado como el político audaz, poseedor de esa ansiedad de quienes desean denodadamente alcanzar el éxito personal, sin importar a costa de qué sacrificios, negociaciones o pactos. El éxito como fin de vida.

Precisamente por eso, Arzú puede ser representado como un político célebre, hasta ser reconocido como el más exitoso del siglo XX, aunque como funcionario no salga del todo bien librado. Por ejemplo, el mérito que se le atribuye para lograr la firma de los acuerdos de paz puede ser documentadamente cuestionado si se toma en cuenta que este hecho no constituye más que el fin de un proceso que tenía por lo menos diez años y en el que intervinieron preponderantes figuras del tinglado político, antes de su época y gestiones. A este respecto, cabe resaltar, un poco en su favor, lo que él mismo mencionaba muchas veces: que solo le correspondía “timbrar la última tecla de la marimba” y era apenas un “rasguño de la melodía de la paz”. Imagen churrigueresca que le encantaba compartir en público, con aíres de humildad… pero que desmentía con sus constantes actitudes prepotentes, con aires de superioridad étnica y de clase.

Como alcalde fallecido en plenas funciones, siguiendo conceptos de Mélich, se buscará que Arzú se convierta en un fenómeno, pero “no un fenómeno individual, sino colectivo: un relato que tiene una estructura estable, una lógica interna que da sentido a la comunidad” para la derecha política de este país, urgentemente necesitada de referentes. Esa comunidad para la cual Arzú encabezó una lucha anti Cicig en los últimos meses de su vida; en esta Guatemala donde (en contra corriente) una buena parte de sus líderes sociales están empecinados en una desigual batalla contra la corrupción y la impunidad que ha cooptado al Estado.

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En esa última batalla que Arzú asumió en forma personalísima, se unió a un desprestigiado, débil y dubitativo representante de lo más granado de la incapacidad: el presidente Jimmy Morales. En esa lucha, sus correligionarios encontrarán, ahora, la promesa de que es necesario luchar, hasta el fin, para “liberar a Guatemala” de los intrusos extranjeros, que están manejados por la izquierda internacional. Esa es otra “puesta en escena” que se promoverá para convalidar el recuerdo de Álvaro Arzú y con plena seguridad será mantenida viva por sus más cercanos colaboradores, durante las generaciones venideras hasta que se extinga o se pierda con el paso de los tiempos y dicho grupo político necesite de otro personaje, acorde a los momentos históricos que se vivan en Guatemala.

Entender el mito como fenómeno social

Para concretar este análisis, es oportuno remarcar lo resaltado por Mélich, en el sentido que se puede adjudicar a este fenómeno social, personificado en Álvaro Arzú, cuatro funciones antropológicas, que se cumplirían (de lograr elevarse al nivel de un verdadero mito) de la siguiente manera:

a) Función cosmológica: este personaje creó su propio universo; fundó una razón primera, un universo propio a partir de su inicial comité cívico: el Partido de Avanzada Nacional, que después se convirtió en partido político, y más tarde en el Partido Unionista. Su vigencia de casi 20 años en el poder municipal es un símbolo de esta función.

b) Función histórica o tradicional: este mito vincula a sus posibles seguidores, que buscarán imitar su ejemplo. Su partido podrá presentar a Arzú como un ejemplo para seguir. Intentarán repetir su camino al (sobre) valorar la imagen de un antepasado con el mismo código ideológico. Los conservadores guatemaltecos ya tienen, a partir de ahora, un “santón político” para venerar. Su ejemplo de vida será celebrado con pompa y a partir de hoy cobrará mayor significado en la política de las derechas y es seguro que se cree un culto alrededor de su personalidad. En vida, muchos lo estigmatizaron por su forma autoritaria de ser, pero ahora se buscará glorificarlo para que no se olvide su legado transformador y generador de buena imagen para una derecha que no tenía referentes propios, por lo menos recientes. Parques, calles, avenidas, diversos espacios públicos de esta “su ciudad” serán bautizados con su nombre, para dejar constancia de su herencia política, De la misma manera que él lo hizo con sus propios referentes políticos: Jorge García Granados, Jorge Ubico...

c) Función sociológica: se buscará impulsar el mito de Álvaro Arzú como un paradigma para estos grupos sociales de extrema derecha, ligados con los sectores militares más recalcitrantes, conjuntando un orden estable y a vez dinámico, porque puede adaptarse con el tiempo. Arzú será convertido, indudablemente, en ese eje o esquema sobre el cual su corriente ideológica puede crear un discurso consistente, serio, formal. Es mucho más fácil ahora que ha muerto,

 d) Función psicológica: si pretenden crear el mito de Álvaro Arzú, buscarán mantener un orden psicológico-mental entre sus allegados. Su imagen les dará sentido de vida a sus seguidores, a un grupo de fans políticos, complementado con otros elementos personales que pueden ir surgiendo en el camino. Uno de estos elementos puede ser el hecho de que fuera amante de la música y que reiteradamente se dispusiera a cantar, en público, ante la gente. Prueba de ello es un video que circula en la web y que presenta a Arzú en las catacumbas de la Catedral Metropolitana, exhibiendo sus cualidades un tanto histriónicas (aunque desafinando terriblemente) para interpretar a cappella la canción de Juan Manuel Serrat Si la muerte pisa mi huerto.

No importa si todo lo que de ahora en adelante se hable o se diga a favor de Álvaro Arzú sea falso o verdadero. Habrá narrativas que seguramente serán para denostarlo, algunas, y otras para elevarlo a los altares, casi en calidad de bienaventurado beato, venerable, augusto personaje de la derecha política. Quienes impulsen el carácter mitológico de Álvaro Arzú saben que esta estrategia puede cuajar en los tiempos venideros, porque hay una profunda crisis entre quienes profesan los valores tradicionales. Esto se debe a que se registra un serio déficit mítico en nuestra sociedad (de acuerdo con Mélich), en especial para esta corriente ideológica en Guatemala.

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Recordemos que sus máximos referentes hasta hace poco eran el Mico Sandoval Alarcón, un despiadado y cruel asesino, promotor de escuadrones de la muerte o, si se quiere -alguien más lejano- pero igualmente recalcitrante: el general Jorge Ubico, constructor del Palacio Nacional, pero quien cercenó las libertades cívicas durante su largo y férreo mandato gobernando el país como un dictador, propio de la novela latinoamericana. Personaje nefasto que todavía inspira a ciertos sectores políticos, a tal grado que Otto Pérez Molina convirtió ese edificio público, como su emblema gubernamental… y Jimmy Morales lo usa, orgullosamente (y vive en la Casa Presidencial).

El tema de Álvaro Arzú, como mito, también está sociológicamente relacionado con el fenómeno religioso que en la actualidad se registra en Guatemala, ante la aparición de centenares de iglesias evangélicas en todo el territorio nacional, pues la gente necesita celebrar a este tipo de personajes, muy parecidos a los admirados e influyentes pastores, que se han enriquecido rápidamente con los diezmos y la necesidad de pertenencia de sus fieles.

Los cristianos precisan de esos liderazgos religiosos, para seguir creyendo en algo o en alguien. No importa si solo son endiosados porque saben hablar ante la radio o actuar por la televisión. Y todavía mejor si ha muerto (como Arzú), cuanto más si es representante del machismo. Además de que sea rubio, alto, atlético (hasta bien parecido), porque así puede ser comparado como el nuevo Toanatiuh, representante de la estirpe española que vino a Guatemala a “civilizar” a los pueblos originarios.

Esta faceta del mito facilita una mejor comprensión de lo expuesto por Mélich, cuando dice que es entonces cuando “los signos adquieren un valor simbólico”, por cuanto estamos viviendo en una sociedad crédula, en una cultura en la que no hay diferencia entre lo sagrado y lo profano, pues esto último se sacraliza. Lo imaginario, a criterio de este autor, crea realidades. El mundo que habitamos es ese que imaginamos, y hay que aceptarlo: vivimos hoy un mundo lleno de mitos contemporáneos. Un mundo en el que queremos y necesitamos creer en algo, ya que lo tecnológico permite descubrir un universo dominado por elementos utilitarios, pero no ha logrado destruir los mitos.

Mélich señala que los mitos resurgen de esos lugares y momentos insospechados, como este fallecimiento inesperado por causas naturales, de este descendiente directo de aquellos ibéricos que vinieron a sojuzgar a la mayor parte del exuberante continente y que lo (re) bautizaron imponiendo su lengua, su cultura; con la fuerza hegemónica de la cruz (lo ideológico), la superioridad tecnológica de la espada y los cañones (en lo militar) y la sangre indiana derramada (considerado el mayor genocidio de la historia de la humanidad).

En el caso de Arzú, de forma por demás obsequiosa, sus allegados pueden apostar históricamente por esta figura de la política como un verdadero héroe, acomodarlo como el mito a seguir del desaparecido líder de un renacido y exacerbado anticomunismo guatemalteco. La imagen de Arzú es potencialmente fácil de convertirla en un símbolo, trastocando su esencia y dejándolo solo como forma, ya que es materia sígnica maleable, cual plastilina, para convertirlo en el paladín de la lucha contra una supuesta intromisión extranjera (pues, como recordamos, hasta el himno nacional reza de esta manera). Y todo esto en el plano del simbolismo más acorde a los intereses de quienes controlan el poder político, económico y militar en Guatemala.

Corolario

Como reflexión final, se plantea que existe esa posibilidad: crear un nuevo mito entre quienes viven un mundo que necesita una figura, una imagen fabricada como la de Álvaro Arzú que fue cinco veces alcalde y en una ocasión presidente, quien en el final de sus días luchó para sacar a la Cicig de Guatemala… y de paso puede servir muy bien para ideologizar una desesperada confrontación con las izquierdas que se abren paso demarcando el mundo materializado que padecemos, producto de este capitalismo salvaje y deshumanizante.

¿Será capaz la derecha de crear un nuevo mito alrededor de esta controversial figura política para enarbolar una bandera con muy deficientes y escasos referentes? ¿O serán las izquierdas quienes permitirán aclarar el execrable papel que jugó el exalcalde y expresidente en el desmantelamiento del Estado de Guatemala, implicado (en forma activa pero anónima) en sospechosas, oscuras y poco transparentes jugadas de la venta de los activos estatales?

Vislumbrados una intensa e interesante guerra simbólica, en los próximos meses y años, alrededor de este indudable protagonista de la historia política contemporánea. Su cortejo fúnebre en las empedradas calles de La Antigua Guatemala fue un espectáculo que rememora esa pasión que tienen muchos de los guatemaltecos, por las puestas en escena con mucho boato y pompa, pero de pura fruslería.

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