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Abundancia total, infinita escasez
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Abundancia total, infinita escasez

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Tipo de Nota: 
Opinión
10 01 18

«Este es el período de tiempo más lento en el que alguna vez viviremos».

Con esa frase comenzó una conversación titulada Tecnología disruptiva para el desarrollo entre Rob Nail, CEO de Singularity University, y Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial. Hora y media de reflexión sobre la velocidad que imprime a la vida cotidiana el avance tecnológico.

Robótica, biotecnología, energía renovable: un mundo infinito de posibilidades de mejora en las que se encuentran trabajando miles de personas, tratando todos de encontrar respuestas innovadoras a problemas en campos tan variados como salud, educación, vialidad, infraestructura y agricultura.

El gran conector de todo esto, el gran acelerador del cambio: Internet, expresión más concreta de la conectividad en el mundo moderno, que hace viajar no solo bienes y servicios, sino también ideas y aspiraciones, referentes, experiencias en tiempo real. Posibilidades de progreso gigantescas, de la mano de fuentes igualmente inmensas de descontento y frustración.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la realidad de la inmensa mayoría de la gente: personas con preocupaciones mucho más primarias, más básicas, más elementales (comer, vestirse, tener para comprar un antidiarreico, llevar a los hijos a un pediatra, poder pagar un colegio privado y quizá, con mucha suerte, ahorrar un poco para la vejez)? A primera vista, muy poco.

Sin embargo, una vez que se asienta el polvo, el mensaje se aclara y se pueden encontrar algunos puntos de contacto entre esos dos poderosos mundos: el de la innovación y la abundancia totales y el de la escasez y la precariedad infinitas.

Si el mundo es en realidad así de dinámico y si la velocidad del dinamismo va en aumento —sobre todo en ciertos estratos privilegiados de población—, aumentan con ello la necesidad y la importancia de dar estabilidad a las personas, precisamente para que sean más adaptables a un mundo en constante cambio, para que puedan tomar mejores decisiones personales y familiares, para minimizar al máximo la posibilidad de que se equivoquen.

Y ese concepto que hoy se vislumbra como estabilidad para el cambio no es otra cosa que pensar en una nueva arquitectura de protección social y de democratización del cambio tecnológico.

Protección social que sea capaz de operar en diferentes niveles. Desde el muy elemental y primario hasta el ultrasofisticado. Y democratización del cambio tecnológico para asegurarnos de que los beneficios económicos y sociales de la innovación lleguen a la mayor cantidad de personas posible y de que la brecha entre ambos mundos sea lo más chica posible. ¿Por qué? Porque es en la distancia que hay entre ambos mundos extremos, el de la abundancia y el de la precariedad, donde reside la paz social y la gobernabilidad.

En tiempos como los actuales, cuando la cooperación y el flujo de ideas está en jaque, hace falta recuperar la capacidad de reconocer la complementariedad que existe entre el Gobierno y sus instituciones, que deben procurar como objetivo dar estabilidad total, y las personas y sus hogares, que son quienes viven en carne propia conceptos abstractos como bienestar y desarrollo.

Quiere decir no conformarse solamente con una insípida estabilidad macroeconómica, sino también invertir en la estabilidad microeconómica: la de las comunidades, la de los hogares, la de las personas.

¡Feliz inicio de año!

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